martes, 25 de marzo de 2014

Entrevista a Strafacce en Wu Wei Magazine

Esta disponible en Wu Wei Magazine: http://wuweimgzn.blogspot.com.ar/

Dossier Strafacce


La propuesta era entrevistar a Strafacce y después, jugar con él al ajedrez. Pero las cosas suelen desviarse de los imperativos y fue mucho mejor. Llegué al tradicional “Varela Varelita” quince minutos antes y me encontré con Strafacce y Aira tomando una cerveza. Una muestra del universo strafacciano va más allá de sus libros y se centra en el barrio de Palermo. Para conocerlo, diría que es indispensable pasar varios ratos en el “Varela Varelita”. Ahí, jugar al ajedrez, llevarse un libro -si se desea estar solo- o tomar una cerveza con los habitués de la zona. Ir a la librería “Lilith” de Andy Andersen, y si aparece el hambre y se puede, pasar por el restaurante tradicional “El pingüino” o la rotisería “Pollos Claudio”.
Ricardo juega al ajedrez desde los nueve años. Jugamos dos partidas y el resultado fue el empate. En la primera jugué de blancas y gané. Ni bien terminé la apertura, al comienzo del desarrollo, quedé con una pieza de más (un caballo) que Ricardo no pudo recuperar y abandonó un poco antes del mate. La segunda partida jugué de negras y perdí. Ricardo fue muy astuto y avanzó un peón molesto sobre el centro que me impidió realizar un desarrollo natural. Abandoné ante la amenaza de un mate en dos jugadas.
Ahora vamos a lo básico. Ricardo Strafacce nació en Buenos Aires en 1958. Publicó Osvaldo Lamborghini, una biografía (Mansalva, 2008), las novelas El crimen de la Negra Reguera (Beatriz Viterbo, 1999), La banda del Dr. Mandrile contra los corazones solitarios / La conversación (Beatriz Viterbo, 2006), La boliviana (Mansalva, 2008), La transformación de Rosendo (Mansalva, 2009), Carlutti y Pareja (Mansalva, 2010),Crímenes perfectos (Mansalva, 2011),  El Parnaso Argentino (La calabaza del Diablo, 2012), Frío de Rusia (Blatt y Ríos, 2012), La novelita triste de Osvaldo Lamborghini (Milena Caserola, 2013) y  Gerardo y Mercedes (Wu Wei, 2013). Prologó y seleccionó los cuentos incluidos en Nuestro iglú en el ártico de Mario Levrero (Criatura editora, 2012). En poesía, Bula de lomo (Spiral Jetty, 2011) y De los boludos no tenemos la culpa (Pánico el Pánico, 2012).

A.-Tomo dos afirmaciones tuyas que leí: “La literatura de verdad no es cosa de este mundo” y “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”. En tu literatura se generan situaciones insólitas que a mi me dieron mucha risa. En otros puede que esas situaciones generen otras sensaciones o ideas. Pero generar ese extrañamiento ¿no es también una forma de volver sobre la realidad como crítica implícita?

R.-Yo nunca quiero generar risa, jamás pienso en eso. Tampoco creo que la tristeza sea más prestigiosa que la risa. Las cosas salen así, no sabría decirte porqué. Pero decime una situación puntual que te haya generado risa, a ver qué siento yo ante eso.

A.-Y, por ejemplo cuando Hardoy inventa lo de la historiadora Sol Luna, más allá de la risa, lo que yo interpreto es una crítica a una forma de hacer historia.

R.-Si, es posible, pero yo nunca lo pienso. En realidad yo pienso, alguien está en un bar, ha bebido y…sale eso. Incluso, esa novela, Frío de Rusia, es una novela más bien triste, hay un fracaso amoroso. Yo, cuando escribo una novela, solamente pretendo escribir una novela. Esa frase que ha tenido mucho éxito, “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda” es porque no me gusta la literatura que remeda a la vida. Esto ya lo escribí en la introducción al libro de Levrero Nuestro Iglú en el Ártico. La vida ya es lo suficientemente tediosa y triste como para andar remedándola en cuentos y novelas. En los cuentos y novelas deben ocurrir hechos extraordinarios. ¿Porqué razón yo voy a querer saber de la vida de alguien si no es un astronauta, o un marciano? Me canso si todas las novelas son así. Lamentablemente hay tantas… y hasta son las más exitosas.
Por eso yo adoro la literatura de Aira, Levrero o Grombowicz. Tienen una fuente común, que es Kafka. Ir más atrás de Kafka yo no podría. Es una tradición de pura peripecia, donde no tiene importancia el personaje, esa pavada.


A.-En una entrevista que te hicieron para un blog contás que cuando presentaste la biografía de Lamborghini en un concurso, te dijeron que uno de los miembros del jurado no aprobó el subsidio para publicarla con la excusa de que “Ni Borges tenía una biografía de 1000 páginas”. A eso respondiste además “El resentimiento aparece bajo las formas de la negligencia o viceversa”. No pude dejar de relacionarlo con un post en Facebook, que apareció el otro día en el muro de Gonzalo Garcés, sobre el blog de Quintín, con el título de “Acá está la discusión sobre literatura argentina más importante del momento”. Ese post era sobre la obra literaria de Libertella y desató un debate bastante intenso.  Vos dijiste que lo de Quintín no tenía ningún valor y que la cita del libro de Libertella, además, era incorrecta. La pregunta sería ¿Existe hoy una suerte de juego de “A ver quién la tiene más clara” -absurda o no- dentro de la crítica literaria actual? ¿Existe una crítica literaria argentina?

R.-Bueno, eso que vos no te animaste a decir, “a ver quién la tiene más grande”, precisamente, es porque a algunos nos gustan los escritores menores. Más allá de que yo amo a Borges, lo que quiero decir con respecto a ese que dijo eso de que “Ni Borges tiene una biografía de 1000 páginas” es…y bueno…la puta madre, escribila vos, yo qué culpa tengo. Con respecto a lo otro, yo, le dije a Garcés que es un provocador profesional, pero no para ofenderlo, fue porque la provocación es un modo de intervención en el campo literario, lo hacía Fogwill todo el tiempo, lo hace Terranova todo el tiempo, etc. No era un insulto, sino una forma de describir su manera de intervención. Es una provocación sistemática. Me pareció mal, además, que Quintín hablara mal de Libertella, que fue un gran escritor argentino y fue un amigo del alma.

A.-¿Pero no hay como una especie de guerra implícita, que no sale a flote, cuando un escritor elogia la obra de algún otro escritor y sale inmediatamente un tercero a disputarle la opinión, ya sin importar tanto que dijo sobre la obra de fulano o mengano, sino como excusa para la disputa?

R.-Sí, y es porque es esa forma de intervención, la provocación. Yo no quiero pelear con nadie, realmente.
Vos pensá en el libro de Deleuze y Guattari, Kafka . Es lo que yo aspiro a hacer. No aspiro a decir grandes cosas, no quiero esa pavada. Por eso no me gustó lo que hizo Quintín, no más que eso.
Sobre si existe una critica literaria argentina hay una pregunta previa a eso que es si existe una crítica literaria. Y sí, por supuesto que existe. Pero la crítica, pienso, está en un callejón sin salida entre la tautología y la mala fe. Porque el estatuto de la crítica literaria es el comentario, en el sentido que lo expresa Foucault, un texto que viene a decir una cosa de otro texto, ¿Y por qué? ¿Cuál sería la justificación, de que un texto venga a hablar de otro texto? Como si el autor no comprendiera suficientemente su práctica, el artista como un niño, entonces el crítico vendría a explicitar unos sentidos, o el lector como un niño, que no entiende del todo lo que ese texto ha dicho. Por supuesto esto no reduce el problema, la crítica puede relacionar un texto con otro, con la época, con experiencias. Yo, por eso en el libro sobre Lamborghini elegí el género biográfico, porque en ese sentido yo siento que no subestimo ni al autor ni al lector. Le doy contextos en los que esos textos fueron producidos. El libro de David Viñas, Literatura argentina y realidad política, sus tres tomos, pone la literatura en la serie histórica y explicita relaciones, pero además está escrito maravillosamente, en ese sentido más que comentario es literatura.
El libro de Josefina Ludmer, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria, también, ahí brilla su escritura crítica y hay relaciones que pueden parecer arbitrarias desde el punto de vista de lo académico, pero son maravillosas como forma de escritura, es casi poética por momentos. Y finalmente uno tampoco lee mucha crítica literaria. Lo que aparece en los diarios, en los suplementos, tampoco es crítica literaria, pero es el estatuto de la carrera de Letras, por lo menos como está concebida en la Universidad de Buenos Aires. Hay grandes profesores –para mi-, en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Un caso es Panesi. Yo creo que escuchando una clase de Panesi a cualquiera le empieza a gustar la literatura y empieza a entenderla. Daniel Link es otro gran profesor, Beatriz Sarlo es otra gran profesora, que lamentablemente, se dedicó más a la realidad política. Su libro Borges, un escritor en las orillas es muy considerable. El libro de Aira sobre Pizarnik, es muy bueno, yo lo recuerdo mucho. Pero, en fin, la crítica actual está dentro de la Universidad de Buenos Aires, no creo que salga mucho de ahí. Yo, por ejemplo, a Terranova no lo veo como crítico lo veo como un escritor, un gran escritor, prolífico. Hay un libro de él que a mi me gusta mucho, El ignorante, que es una reescritura argentina del poema Aullido de Ginsberg. Quintín no es un crítico literario, es un columnista, periodista, que ahora interviene pero a lo loco, desde ese lugar, un opinólogo. Un libro maravilloso también, que me olvidé de nombrar es Breve historia de la literatura argentina de Martín Prieto, que es un libro de crítica. O el de Martinez Estrada, Muerte y transfiguración de Martín Fierro, que es un poco desparejo pero que es muy importante. Lo actual, lo que está pasando ahora…no sé, en la revista Otra parte hay notas interesantes. Lo que escribe Diego Peller o Fermín Rodriguez.

A.-En un entrevista que aparece en el diario La Nación decís “A la literatura hay que darle tiempo” Si es así, ¿Cuál debería ser la función o el valor de la critica literaria actual? ¿Creés, como dicen algunos, que muchos críticos están desfasados o no cuentan con las herramientas para poder analizar la gran proliferación de literatura argentina (más conocida como nueva narrativa argentina) que hay desde hace unos años?

R.-La función de la crítica actual sobre lo actual es más una función de avisar. Miren que apareció Farrés, miren que apareció Katchadjian, está pasando esto. Hay escritores cuya referencia es Aira, no Piglia, ni Saer, esa es una intervención crítica. No es solamente una especie de prensa, es elegir, es decir  “a estos escritores jóvenes vale la pena leerlos.”
Sobre si faltan herramientas, sí, creo que sí. A mi me faltan. Es difícil enterarte de todo lo que está pasando a nivel crítica. Pero también, en ese sentido es que digo que hay que darle tiempo, si la literatura que se ve en la carrera de Letras llega hasta principios de los noventa es porque hace falta perspectiva. Y la gran proliferación actual es marxismo puro, el desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido, que cualquiera hoy pueda tener una editorial. Publicar libros hoy puede ser barato, no necesitás ser una multinacional para publicar libros. Entonces yo no pienso en toda la literatura actual como una explosión sino en toda la literatura que nos perdimos cuando no se podía publicar. Si hay tanta proliferación de libros es porque hay muchas personas que escriben, quizás más que las que leen, pero esto debe haber pasado siempre. El otro día decía que me daba culpa releer porque no te alcanza el tiempo para leer todo lo nuevo publicado que hay. Ahora yo no podría llamarla nueva en sentido literario, porque hay muchos que siguen una tradición. Es lo nuevo dentro de una tradición. Farrés, Katchadjian son nuevos dentro de una tradición que es Kafka y su referencia es Aira. También existe otra tradición que es un estilo faulkneriano, mucho más exitosa que esta que me gusta a mí, y dentro del cual puedo nombrar a Selva Almada, u Open Door de Havilio. Y también está el realismo, que tampoco es nuevo, no hay nada más viejo que el realismo, no podría llamarla nueva a esa clase de literatura. No hacen falta críticos, hacen falta lectores, y más que nada público, para sostener económicamente los proyectos. Pero yo jamás le diría a alguien hay que leer más literatura, porque yo veo a un nanofísico y me da vergüenza ser escritor, los tipos están pensando en cómo operar a un rinoceronte a distancia.

A.-Después de leer tus tres últimas novelas uno podría encontrar cierta forma o estructura que se repite. Hay una historia principal que a su vez se ramifica en pequeñas historias encadenadas, siempre en un tono delirante y cómico. También hay, al parecer, una intensión de desarmar o desvirtuar lo cultural y socialmente establecido. Vos decís que no tenés temas en tus novelas pero llama la atención que las historias de amor más bien “típicas” –entre un hombre y una mujer-, con discursos amorosos, clichés, enamoramientos, etc. nunca triunfan. Como si el amor fuera meramente una ilusión. ¿Hubo intención de mostrar el amor de esa forma? ¿Qué pensás al respecto?

R.-Eso que vos hacés es una intervención crítica pero la verdad es que no pienso en nada cuando escribo una novela, solamente pienso en escribir una novela. Creo que ahora no hay nada más tópico o más estándar que la relación homosexual, por lo menos en “nuestro mundito”. Como que ya no es tan estándar la relación heterosexual.

A.-Bueno pero ya que decís esto, justamente, en Crímenes Perfectos triunfa la homosexualidad, en Gerardo y Mercedes también, y Frío de Rusia es una historia de amor heterosexual que finalmente no triunfa.

R.-Bueno ahora que lo pienso es verdad, sí. Yo nunca tuve intención pero bueno, sale así. Digamos que el hilo conductor de mis novelas es el fracaso. Una de las pocas cosas que merecen la pena que un escritor se ocupe de ellas es el fracaso. Pero volvemos a Kafka, es la tradición de Kafka, la del fracaso que triunfa. Como hoy me comentaba César Aira, la respuesta que le dió Victoria Ocampo a Borges, “Como fracasado fracasaste”. Hoy seguimos hablando de Kafka y creo que hasta mis nietos van a hablar de Kafka. En Frío de Rusia, cuando Hardoy le cuenta la historia al cabo y al cabo le gusta, triunfa el relato de una historia que fracasa. Tengo que escribir una novela con final feliz, ya vos me convenciste. Estaba pensando en las dos novelas que escribí en el 2013 y justamente, una es la historia de un amor que fracasa.


A.-En la novela reciente, Gerardo y Mercedes, que salió por esta editorial, aparece Fogwill primero armando todo un show en el cual intenta imponer la lectura del libro –ignoto hasta entonces, de Mercedes- diciendo que es una obra maestra. A la semana sale en una entrevista de un diario diciendo que era todo un chiste, que se lo había llevado del revistero de una peluquería, que era un mamaracho y que además era para no dejarlo hablar a Piglia. (Ahí volvemos a esa forma de intervención que vos dijiste antes)
¿Hay, en ese pasaje muy chistoso, una crítica a ese imperativo tan actual de escribir para publicar?

R.-Este es un tema buenísimo. Vos sabés que hay una frase que Lamborghini repite mucho a largo de su obra que es “Primero publicar después escribir”, que fue tomada como un chiste y sigue siendo tomada como un chiste, a pesar de que yo en mi libro lo expliqué claramente. Esa frase quiere decir hacer algo público como escritor, para después escribir lo que tengo que escribir, que es un secreto atroz, y que sea tomado como literatura. Hay una carta que yo cito de Lamborghini a Aira, que dice “Publicar es hermoso, es entrar en una trama impersonal”. Una de las enseñanzas que me dio Aira como amigo y que a mí me cambió la vida fue cuando me dijo “La primera obligación de un escritor es escribir. La segunda es publicar sus libros”. Por eso yo no veo mal que los escritores colaboren, pongan plata en el proceso de publicar. Veo mal las editoriales como Dunken. Tiene que haber un editor que decida qué se publica y qué no. Lamborghini hablaba de la artería del manuscrito privado, un escritor tiene que publicar sus libros. El escritor tiene que pensar siempre en la publicación. La cuestión o el problema es, cuando los escritores escriben para un sello editorial. Hay escritores, algunos muy buenos, que han cambiado su estética cuando firmaron contrato con una editorial particular, de las grandes. Pero en definitiva, los libros hacen su camino solos.
Con Facebook yo era uno de los que pateaba en contra, pero resulta que yo empecé a aceptar la solicitudes de amistad con la ilusión de que fueran lectores. Y sí, muchos resultaron lectores. Algunos me escribieron que se han conmovido, que se han divertido con algún libro mío, y eso para mí es maravilloso. Si yo no hubiera publicado mis libros, quizás, los únicos que sabrían de mis libros serían mis amigos y mis amigos tienen el juicio inhibido por ser mis amigos. Con la biografía me pasó que algunos pibes me escribieron “Este libro me cambió la vida”. Entonces, en ese sentido, yo creo que está bien, que se publique todo. La literatura, si tiene una función, es hacer a la gente más feliz. A mí me molesta cuando se dice de un libro que “es el testimonio de una generación”, eso me rompe las pelotas porque pone a la literatura en un estatus sociológico y la literatura no está para eso. Yo puedo decir en el bar “Me parece que Boudou es un chorro” pero jamás voy a decir eso en una novela.


A.-¿Por qué le pusiste Juana Azurduy (que fue una mujer que luchó por la patria y terminó como indigente) al personaje que ocupa el rol de subjefa de departamento de la empresa “BomCorp” y la relacionaste después con la dictadura (que fue absolutamente vende patria)  poniéndola en un rol de dirigencia en el Ministerio de Economía?

R.-Ni idea, ni idea. Es cierto. Pero es mi proceso de improvisación, cierta incorrección que yo busco en mis cosas.

A.-Al ponerle GPS a las bombachas aparece una parodia a la “teórica liberación sexual femenina” y hay también, a lo largo de toda la novela, una visión bastante utilitaria de la sexualidad. Aparece como un instrumento para conseguir otra cosa: En el caso de Gerardo, para tener un ascenso laboral. En el caso de Mercedes,  primero busca quedar embarazada para liberarse de ciertos mandatos familiares y más adelante, la utiliza para conseguir una casa dónde vivir ¿Por qué esa forma de ver la sexualidad?

R.-No, pero lo del GPS fue más por mezclar algo arcaico, como vender bombachas en las oficinas públicas, con algo tan nuevo como el GPS. Como te dije, nunca pienso cuando escribo y yo no veo la sexualidad así, por mí que todo el mundo coja con todo el mundo, pero bueno, mencionar eso no tiene sentido en una novela.


A.-También el hecho de que los Lopez Pagiola fueran una familia tan tradicionalista en la dirección de una empresa pareciera que busca desmitificar ese teórico progresismo asociado a la formación de una burguesía nacional ¿Intentaste mostrar algo con esa historia?

R.-Si, son muy tradicionalistas y son los que desaparecen. Vos decís lo del progresismo por el discurso que da el viejo pero te juro que yo no sé, yo busco mantener equilibrada la peripecia. Lo pienso ahora que vos me lo decís. En todo caso la pregunta sería -para una novela- ¿sirve la peripecia? Yo creo que sí. La realidad no aparece nunca en mis novelas. Hay un párrafo de un libro de Macedonio Fernández que dice así:
“Yo quiero que el lector sepa siempre que está leyendo una novela y no viendo un vivir, no presenciando ‘vida’. En el momento en el que el lector caiga en la alucinación, ignominia del arte, yo he perdido, no ganado lector. Lo que yo quiero es muy otra cosa, es ganarlo a él de personaje, es decir, que por un instante crea él mismo no vivir. Ésta es la emoción que me debe agradecer”.
Hay una versión “legible” de Macedonio Fernández: Borges.

A.-En la novela Crímenes perfectos, más allá de que puede ser vista como de género policial, parece girar en torno a otros conceptos, que como dije antes, aparecen en las otras dos novelas: la deformación y/o la desvirtuación. El periodismo, que en vez de buscar la verdad e informar busca desinformar e “inventa una verdad”. La identidad, eso teóricamente único, como algo doble. La justicia que en vez de resolver y hacer justicia se vuelve inoperante e inclusive resuelve un caso con una historia inventada, imposible de comprobar pero irrefutable. Hasta el fútbol, que deja de ser lo que es y es interpretado, como vos decís, como si fuera un ballet. Pero hay una duda que no termino de resolver ¿Se trata de mellizas o gemelas? Porque al principio de la novela aparecen como gemelas, pero siempre se habla de “las mellizas” En principio, biológicamente hablando, si no hay huellas digitales en un crimen, los gemelos comparten el 100% del adn.  Si a eso le sumamos que además no hay características físicas que distingan a Socorro de Pilar, con la sola prueba de las grabaciones que las imputan, es imposible saber si el crimen lo cometió una de ellas o las dos. Y en el caso de que fueran las dos, si cada una mató a su esposo o a su yerno. ¿No habría ahí una indeterminación, un posible “crimen perfecto”?

R.-El género policial, es el más honesto y es el más difícil, eso decíamos hoy con Aira. Crímenes perfectos es un falso policial. Pero hay dos temas, uno es que cuando Mogulevsky  inventa una verdad, una verdad de verdad, interviene en la realidad, la modifica. El fútbol como ballet es visto por alguien que nunca vió un partido y lo que ve es tan válido como lo otro. Y lo otro es la escena de la taberna-discoteca, ahí pensé en Kafka. La novela es esa escena, algo tan arcaico como una taberna y algo tan moderno como una discoteca, donde ocurren cosas de taberna y cosas de discoteca. Lo pensé en el sentido kafkiano, las cosas son como son pero además son otra cosa, es lo que es y es más de lo que es. Y con respecto a las gemelas, yo lo aclaré, son gemelas, pero me parecía forzar la narración poner “las gemelas” porque la gente dice las gemelas o las mellizas como si fueran lo mismo. Pero no son lo mismo. La indeterminación, el hecho de que desde el punto de vista judicial no se pueda dictar una sentencia, es de alguna forma un crimen perfecto, sí.

A.-Otra pregunta que surge, más allá del absurdo de las situaciones que se generan en la novela, es de carácter epistemológico. Quizá en tu experiencia te hayas encontrado o conozcas situaciones parecidas. ¿Hasta que punto podemos saber si cuando investigamos o buscamos alguna verdad no estamos inventando otra cosa?

R.-Nunca, nunca. Justo ayer salía una nota sobre Foucault que decía “Un filósofo que ejerció una lucha inclaudicable por la verdad”. Yo dije esto esta mal, es una barbaridad. No es así, todo lo contrario, salvo que lo diga para agujerear la verdad. ¿Foucault luchando por la verdad?


A.-Frío de Rusia, uno podría decir que es una novela que gira en torno a la política y el amor como dos construcciones que a veces parecen cruzarse y a veces corren paralelas. En cuestión de política uno podría hacer la siguiente diferencia:
Hay una contraposición entre la forma de hacer política que tiene Hardoy, que se profesa como trotskista, y la forma de hacer política que tiene el lagarismo. El lagarismo construye con un modus operandi más tradicional; da discursos, gesta campañas, etc. Hardoy opera como un deconstruccionista, porque cada vez que se topa con la opinión de otro quiere mostrar que esas opiniones, las ideas o las creencias que contienen,  se construyeron a partir de análisis errados de la historia o de ciertos acontecimientos. Para eso inventa mentiras y hace chistes que nadie entiende todo el tiempo. Por ejemplo, cuando cita poemas de Borges para convencer al cabo Capurro de que Borges era comunista. ¿Por qué aparece el trotskismo de esa forma?

R.-Bueno, Frío de Rusia la presentó Pablo Farrés y justamente decía que el chiste no estaba en el chiste sino en la explicación del chiste. El trotskismo en Argentina tiene posiciones que generalmente coinciden con las mías, pero creo que nunca votaría a Altamira. Yo siempre voté a Luis Zamora, por un sentimiento. Nunca pensé que el trotskismo deconstruye ni pindonga. No suelo darle bola a los personajes en mis novelas pero Hardoy es el personaje que más se parece a mí, creo que por eso le puse Ricardo. Hardoy nunca trata de hablar desde la verdad, toma la conversación como yo tomo la literatura. Que la conversación no se sostenga por su valor de verdad sino por lo interesante que pueda resultar la narración como conversación. El modelo podría ser el de Las mil y una noches, contar un relato para no ser ejecutado. El aburrimiento es una forma de morir, y contra eso uno de los mejores antídotos es un buen relato, no por lo que se cuenta sino por ser algo bien contado, no importa a que remita, algo maravilloso, algo que no pasa todos los días, el “había una vez”. Por eso creo que el origen o mi gusto por la literatura está en la infancia. Por eso, convertir la literatura a una copia pobre de la vida, porque siempre va a ser pobre, es una canallada, para la literatura y para la vida.

A.-Por último: ¿Qué escritores argentinos -jóvenes o actuales- recomendás leer y por qué?

R.-Escritores “actuales”… Nada más actual que César Aira, el mejor de todos.  Si “actuales” se refiere a los que empezaron a publicar más recientemente (lo de escritores “jóvenes” me parece una boludez fascista) te mencionaría a dos Pablos (Farrés y Katchadjian), y a Ariel Idez, Eduardo Rubisnschik (¿Por qué me gustan los escritores de apellidos complicados?), Ramiro Quintana (No resisto la tentación de citar un pasaje de Los trabajadores del frío, grandiosa novela: “A campo abierto: Los hombres elegían una dirección; los caballos, cuando se dignaban a marchar, otra. El perro, por su parte, no daba con rastro alguno, a pesar de que había olfateado una vedija de lana, y tampoco se porfiaba en encontrarlo, razón  por la que, tachándolo de inútil y de noperro, cosa que al animal no le movía un pelo, ya empezaban a preguntarse por qué lo habían llevado, si para él, cultor de la holgazanería en sus vertientes más conspicuas, cuantos más lejos estuvieran las ovejas, tantísimo mejor.”) y otros de los que me olvido pero tengo bien leídos. Rafael Pinedo, obviamente.
Me gustan estos escritores porque son macedonianos. Saben que la literatura es lo radicalmente distinto de “la vida”. Y viven para eso.









martes, 11 de marzo de 2014

Días raros II



Tal vez sólo vale la pena aquello que no buscamos
Intimidad, Hanif Kureishi.

I.
Hoy leía un post sobre Bukowski en Facebook. Una verdad simple en una carta a Sheri Martinelli:
“Tengo la sensación de que cuando todos los secretos se esfuman, el amor se acaba, el amor se vuelve insoportable. ¿Y cuántas parejas han desvelado hasta los últimos jirones? Millones y millones se vuelcan hacia fuera en vez de hacia dentro y mueren delante de una televisión o podando un seto o calentando una lata de sopa… tenue, tenue… no vayas a enseñarlo todo, la ropa sucia de la mente, las ansias cansadas, la cobardía, y lo peor de todo… los puntos fuertes.”
Podría decir que mis años con M. fueron, según las exigencias comunes, los deseos comunes, comparables a los de un matrimonio aburrido. Aún no lo sé. Quizás no lo sepa nunca. No me casé. No sé si podría hacerlo, a veces lo deseo como algo simbólico. Pero temo que a larga se convierta en un martirio del cual desearía huir todo el tiempo, tal como me pasó antes del primer año juntos. Diría que con M. quise convencerme desde el principio, pero nunca fue lo que yo creí que sería. Quisiera encontrar una relación de la cual, a pesar de todo, no me arrepienta. Porque hubo deseos en mí que tuve que atenuar, muchos. Otros que no, y por lo que sentí culpa después. ¿En pos de qué? ¿De qué cosas que estaba tan segura de que valieran la pena? Todas eran esperanzas, proyecciones, todo volcado hacia un futuro posible, social y culturalmente aceptable, pero nada que tuviera que ver con el presente. Nuestro presente juntos se había vuelto sumamente rutinario. Hasta los fines de semana. Disfrutaba de pequeños instantes. Por ejemplo cuando M. todavía estaba dormido y sonreía al encontrarme al lado, ya despierta, con mi taza de café, leyendo algún libro de la biblioteca que elegí al azar, guiada por la curiosidad que me sugería el título, el autor o por alguna idea previa. Ese momento, ese y el que viniera inmediatamente después. Era mío, me pertenecía de alguna forma. O una mirada imprevista, sutil, sugerente. Cuando volvía de un viaje, los primeros dos días juntos. También cuando aparecía algo que valiera la pena hacer juntos o conversar, pero sin planificarlo de ante mano, encontrar ese punto, ese instante en que los dos nos sentíamos interesados por algo, todo lo estipulado se volvía monótono. Evitaba siempre que podía que se despertaran antes que yo. Porque si se despertaban antes o al mismo tiempo, empezaba la rutina. Y el problema de la rutina es la repetición. M. trabajaba mucho, casi todo el día, y yo me encargaba de la casa, de atender a Sofía y llevarla al colegio, de ir a hacer las compras, de limpiar el inodoro, de preparar la comida, de hacer la cama, de todo lo doméstico.
Y no es que el se negaba a colaborar con esas tareas, nunca se negó. Tampoco había alguien o algo que me impidiera salir a buscar un trabajo y pagarle a otra persona por hacer esas cosas. ¿Era más lindo estar en casa? Si, era más lindo. ¿Qué podía resultar más  atractivo? ¿Por qué debería preferir pasar horas encerrada haciendo un trabajo que no me interesaba y era extraño, con alguien controlándome, atendiendo gente que podía no ser de mi agrado, llegando cansada o desganada a mi casa, limpia y ordenada por otra persona, que pasaría ahí más tiempo que yo, sin contar el tiempo que duermo, en la cual no podría pasar el tiempo que desease, para continuar así por meses hasta poder tomarme un respiro de vacaciones? Limpiar y ordenar mi casa, cocinar o hacer la cama, me permitían una libertad -al mismo tiempo- que no estaba dispuesta a resignar. En casa, en los horarios en que estaba sola o con mi hija, tenía intimidad y me sentía libre. Podía reírme de cualquier cosa sin dar explicaciones, podía poner música, cantar o bailar y repetir un tema hasta el hartazgo, podía descansar unos minutos cuando yo quisiera, escribir un rato, hurgar en los estantes de las bibliotecas o en internet miles de veces y dejar libres los pensamientos al mirar por la ventana, tener deseos caprichosos o mal vistos, charlar con alguien que si fuera de mi agrado todo el tiempo que me fuera posible, tomarme un café sentada en la calle, contemplando el mundo entre una compra y otra, quedarme observando a algún vecino extraño mientras regaba las plantas, y cosas así, por el estilo. Hasta que M. ponía la llave en la puerta, llegué a odiar ese momento. 
Si hubiera existido la posibilidad de tener un trabajo que si me resultara agradable, lo habría elegido. Pero eso nunca sucedió por diversos motivos. O porque no tuve que trabajar mientras estudiaba, o porque tuve algunos ahorros que usé sin pensar demasiado. Cuando tuve que trabajar, nunca fue en algo interesante, me sentí empujada por alguna desgracia circunstancial a tomar un trabajo que abandonaba en cuanto dejaba de necesitarlo. También discontinué mis estudios por razones varias que podría precisar, eso seguro influyó en no obtener mejores oportunidades. Quizás me había cansado de los temas y las ganas ya no eran las mismas, o hubo situaciones que desviaron el rumbo y el estudio perdió sentido o se tornó muy complicado.
Ahora, cuando pienso en que fue llevando nuestra relación al derrumbe, la respuesta es una sola, la extrema previsibilidad. Hasta el sexo se fue tornando totalmente previsible, me incitaba cada vez menos, y era en definitiva, el síntoma del apagón. Tampoco era cariñoso conmigo, si yo no me acercaba, él tampoco lo hacía, casi nunca. Por más promesas sobre el futuro, por más tiempo que yo pudiera dedicarle a un curso, o pensara en intentar volver a la facultad a terminar o empezar otra carrera, por más viajes que pudiéramos hacer, siempre había un retorno, un botón de start again, y eso me hacía sentir enjaulada como un animal. El horizonte vital de M. estaba plagado de rutinas, el las necesitaba de esa forma, se sentía cómodo en un mundo de dimensiones cuantificables, cognoscibles, tangibles. Hasta sus gestos en general eran insípidos. Necesitaba hasta hacer listas de los libros que había leído y de los que quería leer. Planificar con exactitud un posgrado cuando todavía le faltaban años de una licenciatura. Sus respuestas siempre eran medidas, cautelosas. Se sentaba religiosamente a ver un capítulo de alguna serie, cualquiera, no importaba si era buena o mala, todas o casi todas las noches. Obligarse a terminar una novela insoportable, leer libros compulsivamente, para después no poder decir casi nada al respecto. Y cuando digo nada es nada, una mueca y un "está bueno". Cuando yo me ponía a pensar y hablar de algún tema, el me miraba y me escuchaba, pero sus respuestas sondeaban siempre un "puede ser". Jugar con Sofía como si fuera una obligación moral. Nunca una locura, nunca un riesgo, nunca el desenfreno. No podía dejar nada en el plato, siempre terminaba todo. Todo, o casi todo, se parecía a una lista de obligaciones. Inevitablemente, esa repetición, esa incesante búsqueda por mostrarse como un hombre correcto, como alguien confiable, bueno, como alguien que conocía el rumbo y los condicionamientos, me empujaba a mí hacia el otro extremo. Lo único que lo ponía tenso e impaciente, muy contento o lo hacía sacar la ira y golpear una mesa, o expresar la tristeza sin límites, era el transcurso de una partida y el resultado final de un torneo de ajedrez. Podía llegar a dormir muy poco y estar muy excitado, pero nada más que por eso. Mis actitudes hacia él también debían de ser previsibles, eso parecía, lo que yo debería disfrutar. Tenía que estar contenta de lo que teníamos, nuestra casa y que yo no necesitara trabajar. También lo que tenía que soportar, ir a las reuniones familiares con esa madre...Norma se llamaba y parecía casi a propósito, normativa como ella sola. Era una vieja embalsamada y bruta, que gracias al trabajo de su marido, podía hacerse pasar por mujer pudiente. Nunca había nada interesante para hablar con ella. Capaz que podía escribir un manual de procedimientos, de como hacer trámites y limpiezas. Quizás lo más interesante era la mierda que pasaba por su cabeza, encerrada bajo cuatro llaves con candado.
Yo me negué rotundamente a todo en silencio, pero no en acciones. Por un lado era una obsesiva con la casa, realmente ni yo me soportaba ahora que me acuerdo, pero era así sólo cuando estaba M., el rato que compartíamos entre esas paredes los dos al unísono. Era una provocación absurda, inconsciente.  Buscaba que se enoje, o quizás buscaba que se fuera. Al mismo tiempo, buscaba estar más sola, o conocer otra gente, situaciones impredecibles, era infiel con ímpetu, tenía deseos desbordantes por otros hombres, cada vez más secretos, impulsivos, quería sentir el descontrol. Y pasó lo que se veía venir, con el tiempo la convivencia se torno insoportable.

II.
Mi vida en estos momentos no la pienso en términos ideales, ya no tengo veinte años, los días son variables. Cuando pienso en estudiar, pienso en algo que disfrute desde que empieza y para mi, sin pensar en para qué sirve, o en si me conviene. El mundo me resulta  desconocido y conocido a la vez. La rareza aparece, se disfruta, sin ser buscada. Como si en realidad todo fuera una cuestión de apertura, de estar más atenta y suelta. Por momentos me desespera no encontrar un trabajo, pero la idea de un trabajo rutinario no me abruma, cumple un objetivo, quiero hacerlo, quiero sentir el gusto de cumplir con algo preestablecido, que dure por un tiempo determinado del día y nada más, el resto es otra cosa. Y si puede acercarse a lo que me gusta, mejor. Por momentos quiero estar enamorada, no hay nada más lindo, que le de más sentido a la vida y alienante que estar enamorada. Pero también me asusta, tengo miedo de sufrir. Ya sufrí mucho, no quiero convencerme más. Si no es, no es. Hace poco conocí a un hombre ideal, pero lo descarté porque la diferencia de edad era un impedimento para ciertas vivencias obvias ¿qué futuro tenía con un hombre veinticinco años mayor que yo?  Lo incierto, no es todo, tampoco. No es que no tengo rutinas, pero no las siento de esa forma tan pesada, como algo atascado. Yo las elijo, yo las tomo y yo las elimino si lo necesito. Disfruto de las mismas cosas, pero no siento que tenga que aislarme para hacerlo o que no vayan a cambiar. Las personas se acercan a mí, supongo que me deben ver bien y creo que ninguna mujer podría negar que es muy agradable sentirse atractiva. Me dejo llevar por la erupción, por la ansiedad incipiente, la fantasía, pero aveces, siento que tengo que ser cautelosa, abro bien los ojos ante algo que sé en el fondo de mi, que no va a resultar. Los proyectos, las cosas que me propongo hacer, a veces son insignificantes, en el sentido de que no necesariamente tienen un mérito reconocible y requieren de una constancia. Pueden ser cortas, puede ser realizar una tarea y terminarla. Es algo absolutamente personal. Puede ser un libro que me deja pensando absorta. Una clase que me transporta a otro mundo. Una entrevista que me lleva a tener una nueva amistad impensada. El sexo, y si, todavía soy joven y me siento joven, pero sin un control, sin tiempo, sin forzar nada, sin suponer cómo va a ser. Descubrir un nuevo lugar o verlo de otra forma. El sabor de algo desconocido, de cualquier cosa que me tiente. Jugar con la espuma del café o con el hielo de un vaso. Perder la mirada en algo. Ver volar las chispas anaranjadas en la oscuridad. .Una nube que pasa, con ojos y boca. Un bicho raro que camina hacia mi. Sentir el viento fresco en la cara. Lo erotizante, letras erotizantes, no palabrerío cursi. La música, las sensaciones de la música, descubrir un disco y quedar fascinada. La luz del sol en una pared, haciendo un arcoiris, repitiendo formas filtradas. Tomar cuando tenga ganas aunque me emborrache un poco. Una charla de horas que sé que voy a recordar, absolutamente espontánea. Hasta descubrir una góndola del supermercado, cosas raras que nunca me detuve a mirar. Ir a un evento al que realmente quiero ir y no sentir que voy obligada; como perdiendo el tiempo en sociales o protocolo familiar. Escuchar grillos y murciélagos en la terraza.  Tener un poco de miedo en algunos momentos. Mirar otras ventanas y luces encendidas, ver a la gente yendo de una habitación a otra, pensar en que estará haciendo, intuirlo. El murmullo, las conversaciones y las risas de vecinos desconocidos. Mirar estrellas en silencio, reconocer algunas, como si quisieran decirme algo que no es fácil escuchar, sentir una conexión extraña. Pedirle deseos a la noche, muchos. Contarle un cuento a Sofía, hamacarme en la plaza con ella. El color cambiante del atardecer. El ruido de la lluvia cuando estoy en la cama. Bailar con movimientos sexys como si fuese a seducir a alguien en ese mismo instante. Ir al río, ver el movimiento del agua. Nadar, nadar bastante tiempo, hasta sentir que el cuerpo se deshace. Caminar, correr hasta fatigarme. Escaparme. Y si, cómo negarlo, sentir una atracción terrible por alguien que acabo de conocer, que me hace palpitar, sentir nervios, sin poder saber bien que los produce. Desearlo mucho, sentir el deseo en el cuerpo, un cosquilleo. Acordarme de él mientras hago otra cosa, fantasear mientras voy por la calle, sonreír  sin razón mientras me miro en el espejo, mirarme en ropa interior. Todo es parte de lo que quiero pero también sé que hay cosas que no quiero de nuevo.

III.
La vida se parece a un flipper. Uno se esmera en planificar. Uno es como una pelota lanzada. Golpea una pared que la lleva a golpear otra y otra y otra, sin saber de antemano sobre cuantas o cuales va a golpear después, a veces repiquetea en muchas en pocos segundos, otras veces cae en un agujero y se queda un rato ahí, hasta que algo la expulsa. Otras veces el golpe la lleva por una rampa, entra en un laberinto, se vislumbra un pedazo del tramo, ahí todo está estipulado, hacia qué lugar va, donde termina. Luego la velocidad se reduce y ahora la pelota va por otra rampa en sentido contrario, vuelve a salir, y así.
Yo quiero sentir un poco de El último tango en París pero más también. Quiero que me digan otra vez que vieron mi bretel y.... que el gesto diga más que las palabras. O que pensaron en mis zapatillas, en verlas de nuevo, en pensar que me levanto desnuda de la cama y ellas están ahí, esperando. Que se acordaron del escote que tenía puesto el otro día. Que me repitan que se les puede escapar una mano y tocarme sin cuidado. Que hacía mucho que no deseaban a alguien así. Que me piensan, que fantasean cosas conmigo. Que les gusta mucho cómo lo hago, como los pongo. Que soñaron conmigo mientras había otra mujer durmiendo al lado. Que soy heavy. Que me repitan cosas como "una chica linda, talentosa y buena como vos no puede darse el lujo de estar mal de ánimo". Háganme sentir viva pero no me entierren al poco tiempo, no me encierren, quédense conmigo y si no, si están seguros de que solamente van a probarme, mejor váyanse.