Tal vez sólo vale la pena aquello
que no buscamos
Intimidad, Hanif Kureishi.
I.
Hoy leía un post sobre Bukowski
en Facebook. Una verdad simple en una carta a Sheri Martinelli:
“Tengo la sensación de que cuando todos los secretos se esfuman, el amor
se acaba, el amor se vuelve insoportable. ¿Y cuántas parejas han desvelado
hasta los últimos jirones? Millones y millones se vuelcan hacia fuera en vez de
hacia dentro y mueren delante de una televisión o podando un seto o calentando
una lata de sopa… tenue, tenue… no vayas a enseñarlo todo, la ropa sucia de la
mente, las ansias cansadas, la cobardía, y lo peor de todo… los puntos fuertes.”
Podría decir que mis años con M.
fueron, según las exigencias comunes, los deseos comunes, comparables a los de
un matrimonio aburrido. Aún no lo sé. Quizás no lo sepa nunca. No me casé. No sé
si podría hacerlo, a veces lo deseo como algo simbólico. Pero temo que a larga
se convierta en un martirio del cual desearía huir todo el tiempo, tal como me
pasó antes del primer año juntos. Diría que con M. quise convencerme desde el principio, pero nunca fue lo que yo creí que sería. Quisiera encontrar una relación de la cual, a pesar de todo, no me arrepienta. Porque hubo deseos en mí que tuve que atenuar, muchos. Otros que no, y
por lo que sentí culpa después. ¿En pos de qué? ¿De qué cosas que estaba tan
segura de que valieran la pena? Todas eran esperanzas, proyecciones, todo volcado
hacia un futuro posible, social y culturalmente aceptable, pero nada que
tuviera que ver con el presente. Nuestro presente juntos se había vuelto
sumamente rutinario. Hasta los fines de semana. Disfrutaba de pequeños
instantes. Por ejemplo cuando M. todavía estaba dormido y sonreía al encontrarme
al lado, ya despierta, con mi taza de café, leyendo algún libro de la biblioteca que elegí al azar, guiada por la curiosidad que me sugería el título, el autor o por alguna idea previa. Ese momento, ese y el que viniera inmediatamente después. Era mío,
me pertenecía de alguna forma. O una mirada imprevista, sutil, sugerente. Cuando volvía de un viaje, los primeros dos días juntos. También cuando
aparecía algo que valiera la pena hacer juntos o conversar, pero sin
planificarlo de ante mano, encontrar ese punto, ese instante en que los dos nos sentíamos interesados por algo, todo lo estipulado se volvía monótono. Evitaba siempre que podía que se despertaran antes que yo.
Porque si se despertaban antes o al mismo tiempo, empezaba la rutina. Y el
problema de la rutina es la repetición. M. trabajaba mucho, casi todo el día, y yo me encargaba de la casa, de atender a Sofía y llevarla al colegio, de ir a hacer
las compras, de limpiar el inodoro, de preparar la comida, de hacer la cama, de todo lo doméstico.
Y no es que el se negaba a
colaborar con esas tareas, nunca se negó. Tampoco había alguien o algo que me
impidiera salir a buscar un trabajo y pagarle a otra persona por hacer esas cosas. ¿Era
más lindo estar en casa? Si, era más lindo. ¿Qué podía resultar más atractivo? ¿Por qué debería preferir pasar
horas encerrada haciendo un trabajo que no me interesaba y era extraño, con
alguien controlándome, atendiendo gente que podía no ser de mi agrado, llegando cansada o desganada a mi casa, limpia y ordenada por otra persona, que pasaría ahí más
tiempo que yo, sin contar el tiempo que duermo, en la cual no podría pasar el
tiempo que desease, para continuar así por meses hasta poder tomarme un respiro
de vacaciones? Limpiar y ordenar mi casa, cocinar o hacer la cama, me permitían
una libertad -al mismo tiempo- que no estaba dispuesta a resignar. En casa, en
los horarios en que estaba sola o con mi hija, tenía intimidad y me sentía
libre. Podía reírme de cualquier cosa sin dar explicaciones, podía poner música,
cantar o bailar y repetir un tema hasta el hartazgo, podía descansar unos
minutos cuando yo quisiera, escribir un rato, hurgar en los estantes de las
bibliotecas o en internet miles de veces y dejar libres los pensamientos al mirar por la
ventana, tener deseos caprichosos o mal vistos, charlar con alguien que si fuera de mi
agrado todo el tiempo que me fuera posible, tomarme un café sentada en la calle,
contemplando el mundo entre una compra y otra, quedarme observando a algún
vecino extraño mientras regaba las plantas, y cosas así, por el estilo. Hasta
que M. ponía la llave en la puerta, llegué a odiar ese momento.
Si hubiera existido la
posibilidad de tener un trabajo que si me resultara agradable, lo habría elegido. Pero eso nunca sucedió por diversos motivos. O porque no tuve que
trabajar mientras estudiaba, o
porque tuve algunos ahorros que usé sin pensar demasiado. Cuando tuve que trabajar, nunca fue en algo
interesante, me sentí empujada por alguna desgracia circunstancial a tomar un trabajo que
abandonaba en cuanto dejaba de necesitarlo. También discontinué mis estudios
por razones varias que podría precisar, eso seguro influyó en no obtener
mejores oportunidades. Quizás me había cansado de los temas y las ganas ya no
eran las mismas, o hubo situaciones que desviaron el rumbo y el estudio perdió
sentido o se tornó muy complicado.
Ahora, cuando pienso en que fue
llevando nuestra relación al derrumbe, la respuesta es una sola, la extrema
previsibilidad. Hasta el sexo se fue tornando totalmente previsible, me
incitaba cada vez menos, y era en definitiva, el síntoma del apagón. Tampoco era cariñoso conmigo, si yo no me acercaba, él tampoco lo hacía, casi nunca. Por más promesas sobre el futuro, por más tiempo que yo pudiera
dedicarle a un curso, o pensara en intentar volver
a la facultad a terminar o empezar otra carrera, por más viajes que pudiéramos
hacer, siempre había un retorno, un botón de start again, y eso me hacía sentir enjaulada como un animal. El
horizonte vital de M. estaba plagado de rutinas, el las necesitaba de esa forma,
se sentía cómodo en un mundo de dimensiones cuantificables, cognoscibles,
tangibles. Hasta sus gestos en general eran insípidos. Necesitaba hasta hacer listas de los libros que había leído y de los
que quería leer. Planificar con exactitud un posgrado cuando todavía le
faltaban años de una licenciatura. Sus respuestas siempre eran medidas, cautelosas. Se sentaba religiosamente a ver un capítulo de
alguna serie, cualquiera, no importaba si era buena o mala, todas o casi todas las noches. Obligarse
a terminar una novela insoportable, leer libros compulsivamente, para después no poder decir casi nada al respecto. Y cuando digo nada es nada, una mueca y un "está bueno". Cuando yo me ponía a pensar y hablar de algún tema, el me miraba y me escuchaba, pero sus respuestas sondeaban siempre un "puede ser". Jugar con Sofía como si fuera una
obligación moral. Nunca una locura, nunca un riesgo, nunca el desenfreno. No podía
dejar nada en el plato, siempre terminaba todo. Todo, o casi todo, se
parecía a una lista de obligaciones. Inevitablemente, esa
repetición, esa incesante búsqueda por mostrarse como un hombre correcto, como
alguien confiable, bueno, como alguien que conocía el rumbo y los condicionamientos,
me empujaba a mí hacia el otro extremo. Lo único que lo ponía tenso e impaciente,
muy contento o lo hacía sacar la ira y golpear una mesa, o expresar la tristeza sin límites, era el transcurso de una partida y el resultado final de un torneo de ajedrez. Podía llegar a dormir muy poco y estar muy excitado, pero nada más que por eso. Mis actitudes hacia él
también debían de ser previsibles, eso parecía, lo que yo debería disfrutar. Tenía que estar contenta de lo que teníamos, nuestra casa y que yo no necesitara trabajar. También lo que tenía que soportar, ir a las reuniones familiares con esa madre...Norma se llamaba y parecía casi a propósito, normativa como ella sola. Era una vieja embalsamada y bruta, que gracias al trabajo de su marido, podía hacerse pasar por mujer pudiente. Nunca había nada interesante para hablar con ella. Capaz que podía escribir un manual de procedimientos, de como hacer trámites y limpiezas. Quizás lo más interesante era la mierda que pasaba por su cabeza, encerrada bajo cuatro llaves con candado.
Yo me negué rotundamente a todo en silencio, pero no en acciones. Por un lado era una obsesiva con la casa, realmente ni yo me soportaba ahora que me acuerdo, pero era así sólo cuando estaba M., el rato que compartíamos entre esas paredes los dos al unísono. Era una provocación absurda, inconsciente. Buscaba que se enoje, o quizás buscaba que se fuera. Al mismo tiempo, buscaba estar más sola, o conocer otra gente, situaciones impredecibles, era infiel con ímpetu, tenía deseos desbordantes por otros hombres, cada vez más secretos, impulsivos, quería sentir el descontrol. Y pasó lo que se veía venir, con el tiempo la convivencia se torno insoportable.
Yo me negué rotundamente a todo en silencio, pero no en acciones. Por un lado era una obsesiva con la casa, realmente ni yo me soportaba ahora que me acuerdo, pero era así sólo cuando estaba M., el rato que compartíamos entre esas paredes los dos al unísono. Era una provocación absurda, inconsciente. Buscaba que se enoje, o quizás buscaba que se fuera. Al mismo tiempo, buscaba estar más sola, o conocer otra gente, situaciones impredecibles, era infiel con ímpetu, tenía deseos desbordantes por otros hombres, cada vez más secretos, impulsivos, quería sentir el descontrol. Y pasó lo que se veía venir, con el tiempo la convivencia se torno insoportable.
II.
Mi vida en estos momentos no la
pienso en términos ideales, ya no tengo veinte años, los días son variables. Cuando pienso en estudiar, pienso en algo que disfrute desde que empieza y para mi, sin pensar en para qué sirve, o en si me conviene. El mundo me resulta desconocido y conocido a la vez. La rareza aparece, se disfruta, sin ser buscada. Como si en realidad todo fuera una cuestión de apertura, de estar más atenta y suelta. Por momentos me desespera no
encontrar un trabajo, pero la idea de un trabajo rutinario no me abruma, cumple
un objetivo, quiero hacerlo, quiero sentir el gusto de cumplir con algo preestablecido, que dure por un tiempo determinado del día y nada más, el resto es otra cosa. Y si puede acercarse a lo que me gusta, mejor. Por momentos quiero estar enamorada, no hay nada más lindo, que le de más sentido a la vida y alienante que estar enamorada. Pero también me asusta, tengo miedo de sufrir. Ya sufrí mucho, no quiero convencerme más. Si no es, no es. Hace poco conocí a un hombre ideal, pero lo descarté porque la diferencia de edad era un impedimento para ciertas vivencias obvias ¿qué futuro tenía con un hombre veinticinco años mayor que yo? Lo
incierto, no es todo, tampoco. No es que no tengo rutinas, pero no las siento
de esa forma tan pesada, como algo atascado. Yo las elijo, yo las tomo y yo las elimino si lo necesito. Disfruto de las mismas cosas,
pero no siento que tenga que aislarme para hacerlo o que no vayan a cambiar. Las
personas se acercan a mí, supongo que me deben ver bien y creo que ninguna mujer podría negar que es muy agradable sentirse atractiva. Me
dejo llevar por la erupción, por la ansiedad incipiente, la fantasía, pero aveces, siento que tengo que ser cautelosa, abro bien los ojos ante algo que sé en el fondo de mi, que no va a resultar. Los
proyectos, las cosas que me propongo hacer, a veces son insignificantes, en el sentido
de que no necesariamente tienen un mérito reconocible y requieren de una
constancia. Pueden ser cortas, puede ser realizar una tarea y terminarla. Es algo absolutamente personal. Puede ser un
libro que me deja pensando absorta. Una clase que me transporta a otro mundo. Una
entrevista que me lleva a tener una nueva amistad impensada. El sexo, y si, todavía soy joven y me siento joven, pero sin un control, sin tiempo, sin forzar nada, sin suponer cómo va a ser. Descubrir un nuevo lugar o verlo de otra forma. El sabor de algo desconocido, de cualquier cosa que me tiente. Jugar con la espuma del café o
con el hielo de un vaso. Perder la mirada en algo. Ver volar las chispas anaranjadas en la
oscuridad. .Una nube que pasa, con ojos y boca. Un bicho raro que camina hacia
mi. Sentir el viento fresco en la cara. Lo
erotizante, letras erotizantes, no palabrerío cursi. La música, las sensaciones de la música, descubrir un disco y quedar fascinada. La luz del sol en una pared, haciendo un arcoiris,
repitiendo formas filtradas. Tomar cuando tenga ganas aunque me emborrache un poco. Una charla
de horas que sé que voy a recordar, absolutamente espontánea. Hasta descubrir una góndola del supermercado,
cosas raras que nunca me detuve a mirar. Ir a un evento al que realmente quiero ir y no sentir que voy
obligada; como perdiendo el tiempo en sociales o protocolo familiar. Escuchar
grillos y murciélagos en la terraza. Tener un poco de miedo en algunos momentos. Mirar otras
ventanas y luces encendidas, ver a la gente yendo de una habitación a otra, pensar en que estará haciendo, intuirlo. El murmullo, las
conversaciones y las risas de vecinos desconocidos. Mirar estrellas en silencio,
reconocer algunas, como si quisieran decirme algo que no es fácil escuchar, sentir una conexión extraña. Pedirle
deseos a la noche, muchos. Contarle un cuento a Sofía, hamacarme en la plaza con ella. El color
cambiante del atardecer. El ruido de la lluvia cuando estoy en la cama. Bailar
con movimientos sexys como si fuese a seducir a alguien en ese mismo instante. Ir al río, ver el movimiento del agua. Nadar, nadar bastante tiempo, hasta sentir que el cuerpo se deshace. Caminar, correr hasta fatigarme. Escaparme. Y si, cómo
negarlo, sentir una atracción terrible por alguien que acabo de conocer, que me
hace palpitar, sentir nervios, sin poder saber bien que los produce. Desearlo
mucho, sentir el deseo en el cuerpo, un cosquilleo. Acordarme de él mientras
hago otra cosa, fantasear mientras voy por la calle, sonreír sin razón mientras me miro en el espejo,
mirarme en ropa interior. Todo es parte de lo que quiero pero también sé que hay cosas que no quiero de nuevo.
III.
La vida se parece a un flipper. Uno se esmera en planificar. Uno es como una pelota lanzada. Golpea una pared que la lleva a golpear otra y otra y otra, sin saber
de antemano sobre cuantas o cuales va a golpear después, a veces repiquetea en muchas en
pocos segundos, otras veces cae en un agujero y se queda un rato ahí, hasta que
algo la expulsa. Otras veces el golpe la lleva por una rampa, entra en un laberinto, se
vislumbra un pedazo del tramo, ahí todo está estipulado, hacia qué lugar va, donde
termina. Luego la velocidad se reduce y ahora la pelota va por otra rampa en sentido
contrario, vuelve a salir, y así.
Yo quiero sentir un poco de El último tango en París pero más también. Quiero que me
digan otra vez que vieron mi bretel y.... que el gesto diga más que las palabras. O que pensaron en mis zapatillas, en verlas de nuevo, en pensar que me levanto desnuda de la cama y ellas están ahí, esperando. Que se acordaron del escote que tenía puesto
el otro día. Que me repitan que se les puede escapar una mano y tocarme sin
cuidado. Que hacía mucho que no deseaban a alguien así. Que me
piensan, que fantasean cosas conmigo. Que les gusta mucho cómo lo hago, como los
pongo. Que soñaron conmigo mientras había otra mujer durmiendo
al lado. Que soy heavy. Que me repitan cosas como "una chica linda, talentosa y buena como vos no puede darse el lujo de estar mal de ánimo". Háganme
sentir viva pero no me entierren al poco tiempo, no me encierren, quédense conmigo y si no, si están seguros de que solamente van a probarme, mejor váyanse.
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