jueves, 25 de septiembre de 2014

Ruido de fondo II

III.
Subí al subte en la estación Pueyrredón. Hora pico. Muchos miran sus pantallas. Escriben mensajes a centímetros de mi cara. No les importa que yo vea. Mire hacia donde mire veo pantallas. Pantallas luminosas. La gente casi no se mira a la cara, muy poco. Si mirás te devuelven la mirada como un boomerang, pero la mayoría dejó de comprender la curiosidad instantánea, intuitiva, la pura actitud libre de observar lo que nos rodea, otros cuerpos, otras caras. Al lado mío un hombre de menos de 30 años pasa con el dedo fotos porno cargadas en su celular. Lo hace sin ningún tipo de inhibición. Bajo la mirada. La que siente vergüenza soy yo.

IV.
El 110 al mediodía. Iba hacia Recoleta. Casi nadie mira quién sube, salvo los viejos que están adelante, que observan si el que sube necesita el asiento más que ellos. Miran por la ventana, andan dormidos o están con la pantalla del celular en estado hipnótico.
Conseguí sentarme rápido. Quedaban un par de lugares vacíos. Al rato sube una chica semi rubia, linda, muy arreglada, de actitud femenina, con un cuerpo armonioso. Los pasajeros, al momento, eran casi todos hombres. Ella se sentó tranquila en el último asiento libre que estaba adenlante mío. Al instante siguiente, el colectivo frenó de golpe por el semáforo. Leo en una pared de la vereda de enfrente un slogan anti goce  y victimista. Un graffiti feminista. A la chica tan pero tan linda, la miraba yo y un pobre viejo de unos 70 años. El único ruido que se escuchaba era el de motores y bocinas.




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