Uno siempre termina moviéndose entre lo que desea y lo que teme.
Son los verdaderos límites de la realidad.
I.
Venía desestimando la posibilidad de cualquier trabajo. Me había cansado de mandar currículums a alguna dirección de mail para no pasar nunca de una primera entrevista, aveces por voluntad propia. La desesperanza se me empezaba a notar en la cara. La sensación era siempre la misma. El trabajo era siempre vender algo, tangible o no, real o imaginario. Algo había que creerse o aparentar que uno se lo creía.
J. me mandó un mensaje porque había visto mi “Estado” de Facebook. Corregí rápido el currículum y se lo mandé, sin expectativas. A los tres días empecé una breve capacitación.
Cuando entendí un poco de que se trataba el tema empecé a mirarlo con buenos ojos. Trabajar desde mi casa no podía ser peor que tratar personalmente con gente desagradable, convencerla de algo que ni yo estaba convencida, engañarla, soportar quejas en algún call center, estar parada más de ocho horas seguidas…Era ideal dentro de lo posible, no tan contradictorio como la mayoría.
Hasta que vi la firma en esas fórmulas cuasi matemáticas. La vista se iba ahí. Tanta precisión en esas fórmulas…tiene que haber precisión en muchas cosas más, pensé.
La precisión era…precisión libidinal. Este tipo sabe. Sabe dónde, cuándo y cómo.
Después vi la foto de usuario con su correspondiente puntito verde de *online*. Nada mal, en la mirada estaba la misma punción viril. Era la imaginaria correspondencia penetrante.
La cantidad de noches que acaricié dulcemente la foto con el mouse. La cantidad de noches que me quedé conectada a mi mail laboral esperando un “hola”, una conversación inesperada, un puntapié, algo. Noctámbulo como yo.
Y la frutilla de la seducción vino por teléfono. Cuando le escuché la voz. No, no era una voz grave. Era una dicción justa. Nunca una pavada. Nunca una duda evitable. La combinación perfecta entre ironía y sutilidad. Y un poco de brutalidad encubierta. Vamos a decirlo, un hombre muy culto se vuelve un poco gay.
II.
J. ya sabía sobre mi efervescencia. No sé si estaba jugando a mi favor. Siempre venía con excusas.
Aveces pienso que me mintió. Como cuando me dijo que me espiaba. Que todo lo que yo subía a mi muro él lo miraba en su celular. Que lo cargaban por mí.
Yo intuía, con razones que solo la intuición puede dar, que esas bromas venían por otra o que era todo un invento.
Se fueron frustrando todos los posibles encuentros y mi humor también.
B. no resultó ser -en persona- un adonis pero tampoco dejó de seducirme. A esta altura de mi vida me calienta muchísimo más la inteligencia que un buen lomo.
Y el tamaño, el tamaño importa. Un tamaño justo, nada del otro mundo. Se trata de sentir.
Luego de una improductiva reunión laboral, que funcionó más de excusa que de cualquier otra cosa, me volví caminando triste. B. no dejó de poner distancia. No hizo chistes. Y el chocolate que le había comprado, que funcionaba más como metáfora que como devolución por ofrecerme su tiempo y sus explicaciones, me lo comí yo.
Descubrí que todas esas ganas de trabajar habían empezado con él y sin él se desvanecían.
Lo único que recuerdo fue la incomodidad que le ocasioné cuando me agaché para acomodarme el jean que se había metido adentro de la bota. Levantó la ceja. Frenó el paso.
Me miró el culo. Lo vi mirándome el culo, metiéndose debajo de la ropa, y me gustó. Me hubiera quedado agachada en esa pose toda la noche. El cuerpo me latía. Empecé a sentir calor. Me gustaría preguntarle que se imaginó.
Luego, el ascensor. El encierro en ese lugar tan chico frente a frente, evitando las miradas. El silencio hubiera sido evidencia. También soñé con ese ascensor y un espacio de intimidad inexistente. Un rose que desatara algo.
III.
Así pasaron dos meses. Dos meses casi sin hablarnos salvo
por razones estrictamente laborales.
Algún que otro chateo breve de más. Tantas veces le dí a entender
que lo quería...era un amor espontáneo. El exceso de caritas en el chat me
delataba. El hacía hincapié en que sin humor no servía para nada. Yo hacía hincapié en que lo quería igual. No tenía que servir para algo.
Hasta que un día le escribí un mensaje. Era la única persona con la que tenía ganas de hablar. Imperiosas ganas de hablar, entre otras cosas.
Me llamó por teléfono. Hablamos más de tres horas. Tenía problemas con mi compu. Me ofreció ayudarme.
Desplegó toda una serie de teorías sobre su comportamiento masculino. Lo que no terminó de quedar claro es si conmigo era boicot o desinterés. Tenía claros porcentajes para tomar en cuenta ambas.
Yo pensé por dentro en que, además de devolverle la plata, tenía muchas muchas cuotas de otra cosa para ofrecerle. El problema era cómo.
Cómodas y extensas cuotas.Y nada más. Ni planteos ni planes, ni nada. En definitiva lo único que iba a hacerme feliz.