jueves, 21 de noviembre de 2013

Modo Pausa

I.
Mañana tomo un avión a Chile. El viaje fue promovido por Marcia, la abuela de Sofía. Accedí. Los motivos fueron varios. Me parece bueno que Sofía se acerque y conozca parte de su familia chilena y me agrada la opción de disfrutar de ver el mar y las montañas, pero estos son motivos postergables. La necesidad fue creer en la posibilidad de no pensar en ciertas situaciones ingratas, como no conseguir un trabajo acorde a lo que busco, sentir que ninguna otra carrera universitaria alivia un problema existencial y que, a pesar de varios intentos, mis parejas siguen fracasando. Ponerle distancia a Martín también influyó, pero no ya porque verlo me produzca alguna nostalgia o algún deseo. Se que lo quiero, me preocupé por su salud recientemente al punto de ser capaz de suspender el viaje si era necesario. No es ese el problema. La distancia es para sentir el espacio, ese espacio que yo debería ocupar. Ese espacio teoricamente libre. Ese espacio que en aparencia, se mantendrá vacío. Su ausencia es necesaria para poder ver que quedó de mí, reacomodar y arreglar cuentas conmigo. Siento que me equivoqué, sabiendo que me equivocaba. Sostuve una pareja durante tres años a base de ilusiones. Aposté todo por una ilusión y es la tercera vez que lo hago. Primero con Horacio, después con Cristian y por último con Martín. Martín parece no aceptar esa distancia. Insiste en mantener una cercanía y no logro entender el porqué. Si bien se excusa en la necesidad de ver a Sofía, veo y siento, con mucha claridad, cierta dificultad para ponerle fin a una etapa. Ninguna pareja rota, inclusive en buenos términos,  mantiene charlas telefónicas con regularidad o visitas breves, como si hubiera una amistad que remplaza el vínculo roto al instante. Es el momento en que justamente, es necesario reacomodar el espacio. Supongo que el todavía siente algo por mi.

II.
Me pregunto muy seguido porque tengo una actitud que en vez de ser una entrega es más bien un abandono. La ilusión es tan fuerte que me distrae de mi, pero en vez de producir algo bueno, un cambio necesario en mi autoestima o empujar algún proyecto truncado, simplemente me distrae. Estoy absorta y feliz con el otro pero me cuesta creer que me quieran así, me pongo más exigente, me comparo sin necesidad. Me empuja el sentimiento de entregar lo mejor de mi, doy todo de mi, o eso creo, hasta que se cae el velo de la ilusión y al ver al otro como es, me desinflo, me siento estafada y aparece cierto auto boicot lento y venenoso. Me enveneno yo misma.
Yo no me quiero, me resulta hasta difícil creer que las personas pueden quererse así mismas. Las personas simplemente esperan respeto de casi todo el resto del mundo, y ser queridos, verdaderamente queridos, por algunos pocos, por esos pocos por los que uno se interesa.
A Cristian nunca lo amé. A Horacio creo que lo amé, no estoy segura ahora que ya no siento lo mismo. A Martín, creo que quise, creo que lo creí, pero no me dejó. Amé ilusiones. Las ilusiones con Horacio fueron mayores que las ilusiones con Martín. Nunca amé a ninguno y ni siquiera sé si a uno que vive en mi mente. Con Cristian fue algo casi absolutamente físico. Por mi parte nunca hubo algo más. El decía que estaba enamorado. Yo, inconscientemente, busqué un hijo.

III.
Mi primer novio, Cristian, otro distinto, con el cual salí casi un año, fue un compañero del secundario. Durante dos años tuvimos un amor platónico. Después no lo ví por otros dos años. Yo tenía trece y el diecisiete. Yo era muy inocente y el era muy atorrante. El respeto y cierto temor parecen ser dos ingredientes principales para que la atracción sea fuerte. Mi primera vez no fué con Cristian, no pude, no aguanté el dolor. Mi primera vez fue con un hombre de cuarenta y dos cuando yo tenía dieciocho. No sé porque busqué que así fuera. Me acerqué, sola, cuando corté con Cristian. Quedé embarazada. Aborté. Un affair de seis meses. Ahora que intento comprender qué me pasa, me doy cuenta de que siempre me atrajeron mucho más los hombres mayores que yo, y que la virilidad esta asociada aveces al temor o al respeto. Pero también existe la ilusión de domar, de ser capaz de amansar a la bestia.
Así me pasó con un dentista hace años y con un escritor que fue mi profesor hace muy poco. También me pasó con un músico ajedrecista, con un músico deportista y con dos escritores más. En algunos casos no eran mayores que yo, eran o aparentan ser demasiado seguros de sí mismos. Algo que me atrae mucho porque no lo tengo, me cobija. Me atrae la ilusión de que son capaces de amar, me atrae la ilusión de que su intensidad, su forma de amar , de resistir y de entrega hacia todo, es equivalente a la mía.
Creo que sigo enamorada. Por momentos pienso que es una ilusión, otra vez. Pero me resisto a olvidar. Me encantaría sentir que le gusto, pero volvemos a lo mismo, ilusiones. Prefiero poner pausa y por lo pronto, pasar esta etapa de pánico, de sentir miedo a todo, como si todo confabulara para que ocurra una tragedia.  Pensar que no me va a pasar nada, que el avión no se va a estrellar, que no me voy a morir. Pero si, si entre toda esta pesadilla estresante puedo soñar, estoy segura que en ese sueño le doy todo el amor que tengo, si existe alguna forma de que ese amor le llegue.



viernes, 15 de noviembre de 2013

Por favor, poné música

                                                                                          Todo lo que ocurre, ocurre necesariamente.
                                                                          Arthur Schopenauer.

1. Desde hace un tiempo estoy muy sensible y panicosa. Ya estuve así hace un tiempo. La palabra adecuada no es que yo estaba mal porque no estaba mal todo el tiempo.  Se había muerto mi perra Franchesca, si. Había cortado con Horacio, después de tres años juntos, también. De alguna manera eran cosas previsibles y lo previsible va sacando chispas y luces de colores. Los cambios nos rodean siempre pero no siempre los vivimos igual, con la misma intensidad. Siempre hay algo más bien trágico y algo alegre o fantástico a la vez. Pero la armonía es algo más conceptual que real, lo trágico puede pasar más desapercibido que lo alegre o lo alegre más desapercibido que lo trágico. Lo trágico puede ser fantástico después, y lo fantástico pasar a ser trágico.
Estaba transitando por cambios, y los cambios me hacían sentir pánico. En los viajes en micro de La Plata a Buenos Aires o a la vuelta. Cerraba los ojos. Cruzaba los dedos. Miraba el cielo y si estaba despejado le pedía a lo que fuera que estuviera allá arriba, junto a las estrellas de alguna constelación conocida, o a un Júpiter brillante, o a un Saturno sorpresivo y hasta la Gran Nube de Magallanes, que me sacara del trance. También me pasaba en la calle o en la facultad. Cada vez que tenía que bajar al segundo subsuelo de la facultad me ponía tensa. Temblaba. Al rato, en la mitad de la clase de Economía II, me levantaba y salía del aula, subía rápido por las escaleras, sentía que me estaba ahogando. Corría, empujaba gente si era necesario. Era cuestión de tocar la puerta de vidrio transparente y ver las escaleras, un poco de vereda, calle, autos, gente, movimiento y al fin, sentir que el aire volvía a entrar. Me faltaba el aire. Si me pasaba adentro de casa , agarraba las llaves y salía raudamente a caminar. Para los parques, para Av. del Libertador, sobretodo hacia el Este, siempre hacia el Este. Pensaba que me iba a morir pero mientras caminaba entre tanto bullicio, me decía, me repetía hasta el cansancio, que si me tenía que morir me tenía que morir y eso, era extraño, pero me tranquilizaba.


2. Tenía una psicóloga que me quería mucho, podía llamarla a cualquier hora. Tenía un psiquiatra que intentaba medicarme y yo me negaba casi siempre. Tenía los miorelajantes y el alprazolam sublingual a mano, siempre, pero a menos que todo lo otro no me funcionara, la batalla quería ganarla yo. Me mandaron a Aikido y no surtió efecto. Ni bien me vi obligada a resarle a un cuadrito en la pared, a resar de una manera que no era la mía ni era a mis santos, me fuí. Mis santos están cuando respiro aire de mar, veo el horizonte de un atardecer ventoso o un cielo muy estrellado. Pero volviendo a mi psicóloga, ella me enseñó una teoría sobre los cambios. Una teoría que dice que cada siete años, cambiamos, algo nos impulsa a cambiar, se termina un ciclo y comienza otro. Quería que yo me tranquilizara, que aceptara que son cosas que le pasan a todo el mundo. No sé si la teoría es muy buena pero en menos de medio año cumplo treinta y cinco, y treinta y cinco es múltiplo de siete.


3. Tenía otra forma mágica de cambiar mi estado anímico y hasta de alegrarme, o por el contrario, de llorar y poder sacar la angustia. Esa magia estaba en la música. Era cuestión de llevar el discman a todas partes.
La música estuvo siempre. De chica me hacía cantar o bailar. Flash Dance: malla, medias, polainas y a saltar. Ahora escucho otras cosas, pero me transporta hacia otro lugar, uno que no está afuera sino muy adentro. La música me transporta a un lugar de paz. En el trasfondo está mi historia, lo veo a mi abuelo tocando la guitarra en alguna reunión familiar. La veo a mi mamá en la cocina con un delantal rojo, cantando, veo sus discos. Lo veo a mi papá, todavía con el traje y la corbata, poniendo a Mozart o a Beethoven en el tocadiscos, cerrando los ojos y dirigiendo la orquesta con las manos. Almendra, el dibujo de un hombre con una especie de sopapa en la cabeza y una lágrima que le cae. Rita Lee y mis primos; verano, pileta, hay muchos colores, yo quiero tocar un piano y no me dejan, aveces si y aveces no. ..."Baila conmigo, como se baila en la tribu"... Pink Floyd...Pink Floyd me resultaba extraño pero me llamaba la atención. Miguel Mateos y ese tema "Perdiendo el control"... No sé que era, si era la letra o la música pero era un tema sexual, lo percibía así. Soda Stereo, con calzas, pelos inflados y mucho chirimbolo, mucho todo.  Charly García y esos "Raros peinados nuevos", el video clip, Charly disfrazado de enfermero, los dos colores del bigote de Charly. Mujeres Argentinas, Mercedes Sosa, la voz potente, pontente por gorda pensaba yo, y la chacarera, "La flor azul". Paco de Lucía y la guitarra de mi abuelo, la pelada de mi abuelo, las novias estrafalarias de mi abuelo. Los Beatles en una baranda, Please Please Me, un día que mi mamá estubiera contenta y con ganas de bailar. La foto del primer disco de Paul McCartney, con barba, un abrigo marrón con lana de oveja y un bebé adentro, que se asoma. Bach, todas las suites de Bach con un abanico en la tapa y muy decorado, un símbolo barroco. Josefina canta el tango..."Yo quiero un cotorro que tenga balcones"... y yo me río, me da un poco de verguenza también. Zitarrosa, "Las coplas del compadre Miguel", adentro en el Renault 12, mi papá tirándose del techo de un Citroën a una pileta, hay un asado, hay olor a asado, estamos en una quinta de Parque Leloir.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Insanía

Hace muy poco vi fotos de París. Es llamativo ver que todo está igual, pero no debería serlo. Es una foto. Es una ciudad turística, que cuida sus fuentes en sentido amplio, su historia y su arquitectura. Por detrás, nadie sabe. Solo se intuye lo que cambió porque cambió en todo el mundo. Pasaron trece años. Llevar una pc portable te dejaba la espalda dolorida. Un celular de esa época resulta un aparato grotesco para comunicarse. La misma cantidad de años en Buenos Aires y cambiaron muchas, muchas cosas. ¿Se verían en una foto? Algunas, quizás solo algunas. No voy a enumerarlas, algunas no se ven. Requieren permanecer un tiempo considerable viviendo, tratando con la gente y los lugares. Para qué nombrarlas entre nosotros. Hay una en particular que me interesa. Los porteños eramos chusmas, observamos todo con atención. Ahora a algunos les gusta más decir que somos voyeuristas o que stalkeamos, tuiteamos, posteamos, etc.
Viajar en colectivo sigue siendo una experiencia con kriptonita, aunque tenga aire acondicionado, tarjeta SUBE para no buscar monedas mientras hacés equilibrio, asientos vacíos y la teórica rapidez del Metrobus. Del tren no hablo porque casi no lo uso desde la infancia y prefiero mantener los recuerdos. Ver las Ipomeas azules trepándose en los paredes perimetrales a las vías. Sentarme junto a la ventana y recibir el viento o comer panchos y tomar coca cola al bajar. Si me preguntan sigo prefiriendo el subte. En el mejor de los casos, si mi billetera lo permite, el taxi. Manejar nunca estuvo en mis planes, no en Buenos Aires. No con mi temperamento. No con mi ansiedad.
La gente ya no se mira. No establece nada con la mirada. No como antes. Estar arreglada y ser linda no es garantía de nada en Buenos Aires, en algunos barrios. Sos como un cartón pintado. Uno más, entre tantos. Todos prefieren una pantalla. Te miran, pero la mirada permanece más tiempo en otro lado. No me gusta llevar la mirada en una pantalla cuando estoy afuera. Necesito un corte con el encierro cotidiano. Será que los hombres prefieren la pornografía, sortea obstáculos, ahora somos obstáculos. Prefieren lo perfecto en apariencia, lo ficticio.Y no es que yo tenga algo especial. Veo mujeres más atractivas, más jóvenes. Por supuesto que hablo de mujeres reales. Espero, observo si son observadas por un tiempo razonable, y nada. Las miradas, en todo caso, van directo al interés por unos segundos.
Las redes están sobrevaloradas. Muchos dirán que estoy equivocada. No puedo saber en qué se convertirán.
Estar en París no es lo mismo que ver una foto de París. Aunque a algunos pobres seres incomprensibles les parezca que si.
El tacto no remplaza la imaginación, la enriquece. En cierto sentido. Pero...si, le pone límites muy reales a la perfección y al control.
Sentir requiere más que una imagen. En todo caso las multiplica. Las pone en movimiento.
El amor no es una práctica virtual. Porque la atracción no se explica por parámetros medibles, no hay algoritmos que valgan. No se puede anticipar.
Conozco una chica que le dice a todo el mundo que está enamorada. Siempre que la veo es más soportable, es menos superficial. Pero no la entiendo. No logro comprender como hace para irse por ahí con otros con tanta facilidad. Qué necesidad la lleva a irse con otros. En todas las fiestas me pregunta quién me gusta. Yo no le contesto, me quedo en silencio. El silencio representa un fantasma. Ella conoce al fantasma pero no tolera el silencio. Y cuando le contesto, le digo siempre lo mismo. No conozco a nadie de los que veo, no sé. No me gusta nadie.
Cuando alguien me gusta yo soy muy distinta. Está conmigo, aunque no esté. Imagino todo, sin que anteceda la intención. Surge. Las imágenes aparecen solas. Aveces no lo imagino, simplemente recuerdo. Puedo imaginarme que está durmiendo, pensando en el aire con la mirada hacia una pared, comiendo en un silencio intempestivo, leyendo, moviéndose con particularidad, tocando cosas con la curiosidad de un niño, mirándome, tocándome. Puede ser nostalgia. También me invaden sensaciones de felicidad, seguidas de tristeza. Todos mis sentidos recrean escenas que deseo. Como tocar una burbuja, sentirla y que se rompa inmediatamente después. Lo escucho hablar, reír. Puedo ver gestos, caras, intuir sentimientos. Puedo hasta ver las imperfecciones, no me asustan, no me desagradan, las quiero tanto como lo otro. No existen los otros. No me importan los otros. Me duele. Casi todos los días me levanto con un dolor persistente que no puedo sacar si no es a fuerza de voluntad. Lo evito, porque tengo miedo de que verlo me duela más.
Todos los días miro Facebook, Twitter, Gmail, Hotmail y más sitios. Llegado un punto, me saturo.
Cuando veo alguien que está todo el tiempo tuiteando, me imagino, lo pobre y triste que hay del otro lado. Por más creativos, inteligentes, graciosos y sugerentes que sean. Hay algo infantil. Algo puber. Por más fotos y auto fotos llamativas que suban.
Hace mucho que no subo fotos nuevas en poses sugerentes. No me incita para nada mostrar todo lo que compro, veo, como y tomo. Alguien me pidió que suba una foto mía con el vestido nuevo. No lo hice. Podría ganarme muchos likes, puede ser, pero no soy yo. Yo soy mucho más que eso. Me alegra ser mucho más que eso. Y cuando digo mucho, quiero decir de todo un poco.


...And i'm giving all my love 
   To this world 
   Only to be told 
    I can't see 
    I can't breath 
    No more will we be...

...Futures 
   made of 
   virtual insanity 
   Now always 
   seem to 
   be Governed by this love we have 
   For useless 
   twisting 
   our new Tecnology 
   Oh, now there is no Sound 
   for we all live underground... 

Virtual Insanity, Jamiroroquai