I.
Mañana tomo un avión a Chile. El viaje fue promovido por Marcia, la abuela de Sofía. Accedí. Los motivos fueron varios. Me parece bueno que Sofía se acerque y conozca parte de su familia chilena y me agrada la opción de disfrutar de ver el mar y las montañas, pero estos son motivos postergables. La necesidad fue creer en la posibilidad de no pensar en ciertas situaciones ingratas, como no conseguir un trabajo acorde a lo que busco, sentir que ninguna otra carrera universitaria alivia un problema existencial y que, a pesar de varios intentos, mis parejas siguen fracasando. Ponerle distancia a Martín también influyó, pero no ya porque verlo me produzca alguna nostalgia o algún deseo. Se que lo quiero, me preocupé por su salud recientemente al punto de ser capaz de suspender el viaje si era necesario. No es ese el problema. La distancia es para sentir el espacio, ese espacio que yo debería ocupar. Ese espacio teoricamente libre. Ese espacio que en aparencia, se mantendrá vacío. Su ausencia es necesaria para poder ver que quedó de mí, reacomodar y arreglar cuentas conmigo. Siento que me equivoqué, sabiendo que me equivocaba. Sostuve una pareja durante tres años a base de ilusiones. Aposté todo por una ilusión y es la tercera vez que lo hago. Primero con Horacio, después con Cristian y por último con Martín. Martín parece no aceptar esa distancia. Insiste en mantener una cercanía y no logro entender el porqué. Si bien se excusa en la necesidad de ver a Sofía, veo y siento, con mucha claridad, cierta dificultad para ponerle fin a una etapa. Ninguna pareja rota, inclusive en buenos términos, mantiene charlas telefónicas con regularidad o visitas breves, como si hubiera una amistad que remplaza el vínculo roto al instante. Es el momento en que justamente, es necesario reacomodar el espacio. Supongo que el todavía siente algo por mi.
II.
Me pregunto muy seguido porque tengo una actitud que en vez de ser una entrega es más bien un abandono. La ilusión es tan fuerte que me distrae de mi, pero en vez de producir algo bueno, un cambio necesario en mi autoestima o empujar algún proyecto truncado, simplemente me distrae. Estoy absorta y feliz con el otro pero me cuesta creer que me quieran así, me pongo más exigente, me comparo sin necesidad. Me empuja el sentimiento de entregar lo mejor de mi, doy todo de mi, o eso creo, hasta que se cae el velo de la ilusión y al ver al otro como es, me desinflo, me siento estafada y aparece cierto auto boicot lento y venenoso. Me enveneno yo misma.
Yo no me quiero, me resulta hasta difícil creer que las personas pueden quererse así mismas. Las personas simplemente esperan respeto de casi todo el resto del mundo, y ser queridos, verdaderamente queridos, por algunos pocos, por esos pocos por los que uno se interesa.
A Cristian nunca lo amé. A Horacio creo que lo amé, no estoy segura ahora que ya no siento lo mismo. A Martín, creo que quise, creo que lo creí, pero no me dejó. Amé ilusiones. Las ilusiones con Horacio fueron mayores que las ilusiones con Martín. Nunca amé a ninguno y ni siquiera sé si a uno que vive en mi mente. Con Cristian fue algo casi absolutamente físico. Por mi parte nunca hubo algo más. El decía que estaba enamorado. Yo, inconscientemente, busqué un hijo.
III.
Mi primer novio, Cristian, otro distinto, con el cual salí casi un año, fue un compañero del secundario. Durante dos años tuvimos un amor platónico. Después no lo ví por otros dos años. Yo tenía trece y el diecisiete. Yo era muy inocente y el era muy atorrante. El respeto y cierto temor parecen ser dos ingredientes principales para que la atracción sea fuerte. Mi primera vez no fué con Cristian, no pude, no aguanté el dolor. Mi primera vez fue con un hombre de cuarenta y dos cuando yo tenía dieciocho. No sé porque busqué que así fuera. Me acerqué, sola, cuando corté con Cristian. Quedé embarazada. Aborté. Un affair de seis meses. Ahora que intento comprender qué me pasa, me doy cuenta de que siempre me atrajeron mucho más los hombres mayores que yo, y que la virilidad esta asociada aveces al temor o al respeto. Pero también existe la ilusión de domar, de ser capaz de amansar a la bestia.
Así me pasó con un dentista hace años y con un escritor que fue mi profesor hace muy poco. También me pasó con un músico ajedrecista, con un músico deportista y con dos escritores más. En algunos casos no eran mayores que yo, eran o aparentan ser demasiado seguros de sí mismos. Algo que me atrae mucho porque no lo tengo, me cobija. Me atrae la ilusión de que son capaces de amar, me atrae la ilusión de que su intensidad, su forma de amar , de resistir y de entrega hacia todo, es equivalente a la mía.
Creo que sigo enamorada. Por momentos pienso que es una ilusión, otra vez. Pero me resisto a olvidar. Me encantaría sentir que le gusto, pero volvemos a lo mismo, ilusiones. Prefiero poner pausa y por lo pronto, pasar esta etapa de pánico, de sentir miedo a todo, como si todo confabulara para que ocurra una tragedia. Pensar que no me va a pasar nada, que el avión no se va a estrellar, que no me voy a morir. Pero si, si entre toda esta pesadilla estresante puedo soñar, estoy segura que en ese sueño le doy todo el amor que tengo, si existe alguna forma de que ese amor le llegue.
No hay comentarios:
Publicar un comentario