viernes, 15 de noviembre de 2013

Por favor, poné música

                                                                                          Todo lo que ocurre, ocurre necesariamente.
                                                                          Arthur Schopenauer.

1. Desde hace un tiempo estoy muy sensible y panicosa. Ya estuve así hace un tiempo. La palabra adecuada no es que yo estaba mal porque no estaba mal todo el tiempo.  Se había muerto mi perra Franchesca, si. Había cortado con Horacio, después de tres años juntos, también. De alguna manera eran cosas previsibles y lo previsible va sacando chispas y luces de colores. Los cambios nos rodean siempre pero no siempre los vivimos igual, con la misma intensidad. Siempre hay algo más bien trágico y algo alegre o fantástico a la vez. Pero la armonía es algo más conceptual que real, lo trágico puede pasar más desapercibido que lo alegre o lo alegre más desapercibido que lo trágico. Lo trágico puede ser fantástico después, y lo fantástico pasar a ser trágico.
Estaba transitando por cambios, y los cambios me hacían sentir pánico. En los viajes en micro de La Plata a Buenos Aires o a la vuelta. Cerraba los ojos. Cruzaba los dedos. Miraba el cielo y si estaba despejado le pedía a lo que fuera que estuviera allá arriba, junto a las estrellas de alguna constelación conocida, o a un Júpiter brillante, o a un Saturno sorpresivo y hasta la Gran Nube de Magallanes, que me sacara del trance. También me pasaba en la calle o en la facultad. Cada vez que tenía que bajar al segundo subsuelo de la facultad me ponía tensa. Temblaba. Al rato, en la mitad de la clase de Economía II, me levantaba y salía del aula, subía rápido por las escaleras, sentía que me estaba ahogando. Corría, empujaba gente si era necesario. Era cuestión de tocar la puerta de vidrio transparente y ver las escaleras, un poco de vereda, calle, autos, gente, movimiento y al fin, sentir que el aire volvía a entrar. Me faltaba el aire. Si me pasaba adentro de casa , agarraba las llaves y salía raudamente a caminar. Para los parques, para Av. del Libertador, sobretodo hacia el Este, siempre hacia el Este. Pensaba que me iba a morir pero mientras caminaba entre tanto bullicio, me decía, me repetía hasta el cansancio, que si me tenía que morir me tenía que morir y eso, era extraño, pero me tranquilizaba.


2. Tenía una psicóloga que me quería mucho, podía llamarla a cualquier hora. Tenía un psiquiatra que intentaba medicarme y yo me negaba casi siempre. Tenía los miorelajantes y el alprazolam sublingual a mano, siempre, pero a menos que todo lo otro no me funcionara, la batalla quería ganarla yo. Me mandaron a Aikido y no surtió efecto. Ni bien me vi obligada a resarle a un cuadrito en la pared, a resar de una manera que no era la mía ni era a mis santos, me fuí. Mis santos están cuando respiro aire de mar, veo el horizonte de un atardecer ventoso o un cielo muy estrellado. Pero volviendo a mi psicóloga, ella me enseñó una teoría sobre los cambios. Una teoría que dice que cada siete años, cambiamos, algo nos impulsa a cambiar, se termina un ciclo y comienza otro. Quería que yo me tranquilizara, que aceptara que son cosas que le pasan a todo el mundo. No sé si la teoría es muy buena pero en menos de medio año cumplo treinta y cinco, y treinta y cinco es múltiplo de siete.


3. Tenía otra forma mágica de cambiar mi estado anímico y hasta de alegrarme, o por el contrario, de llorar y poder sacar la angustia. Esa magia estaba en la música. Era cuestión de llevar el discman a todas partes.
La música estuvo siempre. De chica me hacía cantar o bailar. Flash Dance: malla, medias, polainas y a saltar. Ahora escucho otras cosas, pero me transporta hacia otro lugar, uno que no está afuera sino muy adentro. La música me transporta a un lugar de paz. En el trasfondo está mi historia, lo veo a mi abuelo tocando la guitarra en alguna reunión familiar. La veo a mi mamá en la cocina con un delantal rojo, cantando, veo sus discos. Lo veo a mi papá, todavía con el traje y la corbata, poniendo a Mozart o a Beethoven en el tocadiscos, cerrando los ojos y dirigiendo la orquesta con las manos. Almendra, el dibujo de un hombre con una especie de sopapa en la cabeza y una lágrima que le cae. Rita Lee y mis primos; verano, pileta, hay muchos colores, yo quiero tocar un piano y no me dejan, aveces si y aveces no. ..."Baila conmigo, como se baila en la tribu"... Pink Floyd...Pink Floyd me resultaba extraño pero me llamaba la atención. Miguel Mateos y ese tema "Perdiendo el control"... No sé que era, si era la letra o la música pero era un tema sexual, lo percibía así. Soda Stereo, con calzas, pelos inflados y mucho chirimbolo, mucho todo.  Charly García y esos "Raros peinados nuevos", el video clip, Charly disfrazado de enfermero, los dos colores del bigote de Charly. Mujeres Argentinas, Mercedes Sosa, la voz potente, pontente por gorda pensaba yo, y la chacarera, "La flor azul". Paco de Lucía y la guitarra de mi abuelo, la pelada de mi abuelo, las novias estrafalarias de mi abuelo. Los Beatles en una baranda, Please Please Me, un día que mi mamá estubiera contenta y con ganas de bailar. La foto del primer disco de Paul McCartney, con barba, un abrigo marrón con lana de oveja y un bebé adentro, que se asoma. Bach, todas las suites de Bach con un abanico en la tapa y muy decorado, un símbolo barroco. Josefina canta el tango..."Yo quiero un cotorro que tenga balcones"... y yo me río, me da un poco de verguenza también. Zitarrosa, "Las coplas del compadre Miguel", adentro en el Renault 12, mi papá tirándose del techo de un Citroën a una pileta, hay un asado, hay olor a asado, estamos en una quinta de Parque Leloir.

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