sábado, 8 de febrero de 2014

¿Irreversible?

I.

Los momentos de crisis me hacen revisar mi historia personal, todo el historial. Supongo que a muchos les pasa lo mismo. Antes de conocer a P., yo estaba obsesionada, enamorada de un profesor, N. Seguí así hasta que decidí ponerle fin, mientras la relación con P. se desvanecía de a poco. Necesitaba estar tranquila. Aniquilar la ilusión. No hubo otra forma que escribiéndole un mail a pura taquicardia. ¿Qué hubiera pasado si la ilusión no hubiera estado presente mientras empezaba a salir con P.? (primera pregunta). Ahora voy a mi relación anterior, a Martín. Fuí infiel, varias veces. Con E., sólo una vez. Con R., varias veces. En el interín también me enamoré o me obsesioné (?) con un escritor (B.). R. me propuso salir muchas veces una vez que mi relación con Martín estuvo terminada, hasta preparó su casa para que yo pudiera quedarme. Pero ya no fue lo mismo. Y no sé porqué. Cuando me enamoré de mi profesor N. la relación con Martín naufragaba. Una relación de tres años que debería haber durado algunos meses. El castillo de naipes arriba de un volcán. ¿Qué hubiera pasado si...? Si, si no existiera el volcán (segunda pregunta). Vamos más atrás. El padre de mi hija era (es) un enfermo de celos. Jamás se me ocurrió estar con otro, pero para él yo estaba con todos. ¿Qué hubiera pasado si...? Si, si hubiera sido un tipo normal (tercera pregunta). Seguimos para atrás. Cuando mi relación con H. se había vuelto un tanto monótona y rutinaria, empecé a fijarme en su amigo J. Como H. no se molestó, nuestra relación duró exactamente tres años. El último año con J. soplándome en la nuca, vacilando entre uno y otro, y un poco antes del fin, una aventura corta en Villa La Angostura, durante mis primeras vacaciones solitarias. ¿Qué hubiera pasado si...? Si, si no hubiera existido J. o si H. hubiera demostrado más compromiso en nuestra relación, en vez de discutir tanto con los troskistas o mirar tanto una compañera de curso, que también lo miraba de la misma forma (cuarta pregunta). ¿Hay más atrás? Si, una más. Cuando mi primer novio oficial (C.) empezó a mostrar ciertos hábitos extraños yo empecé a mirar a Roberto -astrónomo y "amigo" de C.,- de otra manera. Y fué el principio del fin. Cuando C. desapareció yo ya estaba pensando en Roberto., que a su vez vivía con una mujer, y que siguió viviendo con esa mujer. No debería resultarme extraño lo que me pasó con P. ¿Qué hubiera pasado si...? Si, si P. estaba libre cuando me conoció.

II.

Woody Allen parece que sabía mucho de estas cosas. No pude leer ninguna de las notas que actualmente lo acusan de haber abusado sexualmente a la hija adoptiva de Mia Farrow. No me interesa tanto su vida personal. Prefiero no pensar en eso.  Muchas de sus películas tratan un poco de estos temas amorosos. Yo estoy pensando solamente en dos. Una es Whatever it works (Si la cosa funciona). La madre de la protagonista descubre que la felicidad consiste en una relación estable con dos hombres. La otra es Vicky, Cristina, Barcelona. Un hombre que desea a más de una mujer a la vez y no puede, no sabe, como llevar bien una relación normal con una sola mujer. ¿Tema músical de la película? Entre dos aguas, de Paco de Lucía.

III.

Al principio creí que se trataba solamente de un problema de cantidades. Las redes sociales multiplican la cantidad de hombres a los que una puede sentirse atraída. Creí que se trataba de algo artificial. Pero no, evidentemente la tendencia a buscar el volcán, la adrenalina y la taquicardia son intrínsecamente mías. La pregunta es: ¿Es irreversible? ¿Existirá alguna vez un vínculo amoroso normal en mi vida? La palabra "normal" está demasiado desgastada. La estabilidad del chocolate necesita un veneno.

Días raros

Las últimas palabras, algunas de las últimas palabras de P. en nuestro último encuentro, cobraron mucha fuerza. Pese a mi distracción oportuna, varios días después fuí entendiendo que me había querido decir. Yo escuchaba y respondía, pero mi atención estaba puesta en sus ojos, en su figura, en reconocer nuevamente a ese hombre que quise ver durante más de una semana y discusión virtual mediante, había extrañado mucho. Esperaba que después de esa charla, termináramos como siempre, pasando un rato en algún hotel y de esa manera, yo volvía feliz a casa, aunque nunca sin extrañarlo cinco minutos después. Pero esta vez, nuestra conversación informal, relajada y profunda sumada al sexo habían sido para él una forma de despedirse sin decirlo claramente. La ex mujer interrumpió la charla. Los llamados de su ex mujer ya eran habituales y las mentiras que escuchaba, también. Innecesarias, suponiendo que se trataba de una ex mujer. Necesarias, suponiendo la incapacidad de una mujer de estar sola con sus propios hijos. Los gestos de coerción y de imposibilidad frente a un asunto que se había vuelto inmanejable en una llamada, algo simbólico. Inclusive la salida anterior, y repensándola ahora, me devuelven la impresión de que ya se aventuraba una despedida. La forma en que me tomó la mano, la miró y habló después.
Dudo de si existe en P. una incapacidad terrible para llamar a las cosas por su nombre, una dificultad en ser específico y no dejar dudas. Pero hasta él mismo asumía que sus opiniones eran cambiantes cuando lo leía o lo escuchaba. Una teórica ex esposa que llama por los chicos pero pregunta con quién está. Una amante eventual debería ser noticiada de su condición de eventual antes de devolverle palabras cariñosas.
Así que ahora recuerdo bien ese "No quiero que me esperes" y "Vos hace tu vida. Cuando te busque voy a entender si me decís que no". Ya me estaba diciendo, a su manera, que no iba a haber otra vez. Pero esa imprecisión es la que le permitió convencerme con mucha facilidad, le bastó una mirada y un beso impulsivo, para terminar en un albergue y trenzarnos como bestias durante dos horas. "Me gusta mirarte", me respondió, así con una voz firme y viril. Justo en ese momento, en que mi vista estaba absolutamente perdida, a punto de acabar. Y cuando me lo dijo, me distraje mirándolo, y él estaba tan concentrado esperando el momento, que me excité mucho más, de golpe, y acabé tan fuerte que me temblaban las piernas y no pude levantarme de la cama más que para mojarme el cuerpo repleto de sudor y tomar agua con las manos, con desesperación.
Escribime, me dijo. Y eso hice. Mi último mensaje fue "Quiero saber cómo estás. Me importa". Suponía que la estaba pasando mal. Me imaginaba peleas, discusiones adrede y la sensación de estar preso, en una situación muy difícil. Quería ayudarlo y no sabía cómo, ni si era posible, pero me sentía egoísta y angustiada. Pero la respuesta nunca llegó y mi enojo fué definitivo y odioso cuarenta y ocho horas después. No me odies, no pude, me respondió. Y no lo odio, aunque esa fue mi primera reacción. Extraño la ilusión, extraño la sensación de creer que había encontrado a un otro con quien compartir mi soledad, mi deseo, mis inquietudes. Lo extraño, y mucho.
El impulso de la bronca podría haberme llevado por caminos conocidos. Encerrarme y angustiarme. Pero esta vez no quise, no podía soportar la idea de volver a ser la pobre ilusa estúpida y solitaria. Y además quería borrar la angustia del cuerpo. La falta. Quería que mi cuerpo deje de recordar el cuerpo de P. Decidí salir al día siguiente con alguien que ya me había invitado varias veces, L. Nos conocimos en un taller literario. Me resultaba atractivo fisicamente, pero si nunca le respondí a sus invitaciones era porque suponía que L. y yo no teníamos mucho en común. Diferentes sintonías, no sabría cómo explicarlo pero estaba en el aire. Y no me equivoqué, pero me sirvió para sacarme por un rato el recuerdo que me torturaba. Ahora había otra historia encima. Como un enchastre. Como si alguien borroneara un cuadro recién terminado. Lo hiciera difuso. Me pasé todo una noche con L. y llegué a disfrutarlo, me dejé llevar por el placer puramente corporal. Sentí que me había hecho bien pero de una forma rara. Sentí que si mi cuerpo necesitaba ese goce tenía como obtenerlo sin agregarle sentimentalismos, sin someterme a la angustia. Sentí una forma efectiva y silenciosa de ignorar a P. Un placebo.
También me decidí a conocer a F. El si me resultaba atractivo en un sentido amplio. Hacía más de un año que había amagado un encuentro y como lo conocía a Martín, al separarme de él,  hubo una distancia inevitable. Pero no se dió como yo creía. No pasó nada. No quise que pasara nada. No hubo nerviosismo, no sentí ningún fuego. Lo que sí encontré fue alguien con quien dialogar con absoluta sinceridad, con total soltura. Ciertas coincidencias existenciales. Jugamos al ajedrez y charlamos por horas. El problema es que creo que a él si le pasaron cosas. Y quizá con el tiempo pueda verlo de otra forma, o quiera probar, pero no quiero apresurarme. Prefiero dejarlo ser. Prefiero no armar nada en el aire porque sé que eso termina mal, ahora lo sé mejor que antes. Prefiero tener por separado en dos hombres distintos lo que creí haber encontrado en uno solo que me dejó. Como si esa posibilidad fuera menos peligrosa. No es lo mismo. Es simplemente  una anestesia con menos efectos secundarios.
Yo sé que aunque por un rato me recueste y cierre los ojos mientras me dejo abrazar, besar y penetrar por otro hombre al cual puedo llegar a tenerle algún cariño, el fantasma de P. no se borra. Aunque, llegado el caso, tenga que ponerme lorazepam debajo de la lengua porque la angustia existencial me desborda. O en todo caso, aunque sepa que la memoria psicofísica se resetea por un rato, la alegría se compensa como si se tratara de otra pastilla. P. sigue estando ahí, a menos que me enamore realmente de otro. No es lo mismo, ni cercano a lo mismo, pero es mejor que quedarme sola, irremediablemente sola, con mi angustia.

domingo, 2 de febrero de 2014

Insomnio y meditaciones (pedorras)

No es la primera vez que me pasa. Ultimamente, como mi mente está más libre de neurosis (mi pasado, ya lo conocen), suelo despertarme a la madrugada y hacer relaciones entre lecturas y experiencias personales. ¿Buenas? No sé. En principio preferiría decir que no y que escribirlas es un modo de clarificarlas.
Durante un tiempo -no lejano- y por una incapacidad personal, me puse a leer mucha bibliografía sobre cuestiones de género. Cuando digo incapacidad personal me refiero a que soy incapaz de tener convicción cuando mis argumentos son escuálidos, me da hasta vergüenza profesar convicción. Y lo detesto cuando lo veo en otros, lo combato religiosamente.
Hay, me parece, un gran malentendido, cierto anacronismo, en el feminismo igualitario. Aclaro igualitario porque hay dos feminismos en pugna, el de la diferencia y el igualitario. No voy a defender el libro de Catherine Hakim porque me parece -en gran parte- una sofisticación teórica de altura de Sex & The City. En el sentido de que plantea hacer uso del capital erótico para penetrar y conseguir una mejor posición en el mercado, es basicamente eso, aprovecharse de la demanda real y del mayor deseo sexual existente en el hombre hetero. No hace tanto incapié en lo que a mi si me interesa: las diferencias. Las diferencias en el comportamiento no son meramente culturales. A ver, ¿alguien se atrevería a discutirle a un biólogo que el adn de dos gemelos es idéntico? A esta altura, no. Hay rasgos y predisposiciones. Pero si, existe la épigenetica. La epigenética es la forma de explicar porqué dos gemelos tienen distinta personalidad, más allá de algunas similitudes. Son dos sujetos con experiencias distintas. Para probarlo utilizaron ejemplos de gemelos 100%  idénticos del mismo sexo separados al nacer, sin siquiera conocerse entre ellos.
Para no desviarme más lo que intento decir es que me parece absurda esa persistencia -de anclaje posmoderno- que intenta destruir a toda costa cualquier teoría que se sirva de lo biológico para explicar diferencias en el comportamiento de hombres y mujeres. Somos distintos. No sólo por fuera. Nuestros cerebros funcionan de manera distinta, en algún grado. No son meramente condicionamientos culturales.
Además, el feminismo igualitario tiende a reducir todo a una esfera política: las diferencias son producto de las relaciones de poder, patriarcado. No, no son solamente relaciones de poder, hay niveles hormonales que van moldeando nuestro comportamiento, que van moldeando nuestro cerebro en la placenta, que nos hace física y mentalmente diferentes. Que nos permiten perpetuar la especie.
Si superamos este malentendido podríamos tratar de entendernos mejor.
Además, esta triste reducción a un problema en las relaciones de poder deja de lado, empobrece y enfría otro tema que también me interesa: las relaciones amorosas.
El cerebro femenino tiene mayores conexiones en lo relativo al lenguaje. Culturalmente somos más propensas a caer en las garras del discurso amoroso. Lo hacemos consciente. Lo creemos. Pero...extrañamente, así como lo creemos y lo armamos, lo desarmamos rápidamente. ¿Qué intento decir? Que por alguna razón el lenguaje nos convence y a menos que tengamos algún elemento grosero para desconfiar -o no tanto, eso depende de la capacidad intuitiva y de no padecer alguna clase de paranoia- creemos.
En los hombres no es así. Los hombres se sirven del discurso amoroso para la seducción. Pero el amor es algo más visceral. Ni siquiera se sienten cómodos hablando del amor. Son sorprendidos por la existencia del amor. El amor está mucho más ligado al deseo y a lo visual, a la belleza física instintiva -ligada a parámetros de simetría- y los cánones culturales de la belleza física. Y como no lo manejan, porque no es discursivo, le tienen miedo. Y cuando aman, aman en serio. Y cuando ya no aman, no hay nada que los convenza.
Por último, defender a una mujer que ocupa un cargo importante por el sólo hecho de ser mujer cuando la gestión es pésima no es feminismo, es estupidez.
Creer que la llave de la libertad es ser esclava de mantener una figura estilo Barbie, por todo lo que esa figura promete conseguir no es libertad y habla además, de una sociedad enferma.