Las últimas palabras, algunas de las últimas palabras de P. en nuestro último encuentro, cobraron mucha fuerza. Pese a mi distracción oportuna, varios días después fuí entendiendo que me había querido decir. Yo escuchaba y respondía, pero mi atención estaba puesta en sus ojos, en su figura, en reconocer nuevamente a ese hombre que quise ver durante más de una semana y discusión virtual mediante, había extrañado mucho. Esperaba que después de esa charla, termináramos como siempre, pasando un rato en algún hotel y de esa manera, yo volvía feliz a casa, aunque nunca sin extrañarlo cinco minutos después. Pero esta vez, nuestra conversación informal, relajada y profunda sumada al sexo habían sido para él una forma de despedirse sin decirlo claramente. La ex mujer interrumpió la charla. Los llamados de su ex mujer ya eran habituales y las mentiras que escuchaba, también. Innecesarias, suponiendo que se trataba de una ex mujer. Necesarias, suponiendo la incapacidad de una mujer de estar sola con sus propios hijos. Los gestos de coerción y de imposibilidad frente a un asunto que se había vuelto inmanejable en una llamada, algo simbólico. Inclusive la salida anterior, y repensándola ahora, me devuelven la impresión de que ya se aventuraba una despedida. La forma en que me tomó la mano, la miró y habló después.
Dudo de si existe en P. una incapacidad terrible para llamar a las cosas por su nombre, una dificultad en ser específico y no dejar dudas. Pero hasta él mismo asumía que sus opiniones eran cambiantes cuando lo leía o lo escuchaba. Una teórica ex esposa que llama por los chicos pero pregunta con quién está. Una amante eventual debería ser noticiada de su condición de eventual antes de devolverle palabras cariñosas.
Dudo de si existe en P. una incapacidad terrible para llamar a las cosas por su nombre, una dificultad en ser específico y no dejar dudas. Pero hasta él mismo asumía que sus opiniones eran cambiantes cuando lo leía o lo escuchaba. Una teórica ex esposa que llama por los chicos pero pregunta con quién está. Una amante eventual debería ser noticiada de su condición de eventual antes de devolverle palabras cariñosas.
Así que ahora recuerdo bien ese "No quiero que me esperes" y "Vos hace tu vida. Cuando te busque voy a entender si me decís que no". Ya me estaba diciendo, a su manera, que no iba a haber otra vez. Pero esa imprecisión es la que le permitió convencerme con mucha facilidad, le bastó una mirada y un beso impulsivo, para terminar en un albergue y trenzarnos como bestias durante dos horas. "Me gusta mirarte", me respondió, así con una voz firme y viril. Justo en ese momento, en que mi vista estaba absolutamente perdida, a punto de acabar. Y cuando me lo dijo, me distraje mirándolo, y él estaba tan concentrado esperando el momento, que me excité mucho más, de golpe, y acabé tan fuerte que me temblaban las piernas y no pude levantarme de la cama más que para mojarme el cuerpo repleto de sudor y tomar agua con las manos, con desesperación.
Escribime, me dijo. Y eso hice. Mi último mensaje fue "Quiero saber cómo estás. Me importa". Suponía que la estaba pasando mal. Me imaginaba peleas, discusiones adrede y la sensación de estar preso, en una situación muy difícil. Quería ayudarlo y no sabía cómo, ni si era posible, pero me sentía egoísta y angustiada. Pero la respuesta nunca llegó y mi enojo fué definitivo y odioso cuarenta y ocho horas después. No me odies, no pude, me respondió. Y no lo odio, aunque esa fue mi primera reacción. Extraño la ilusión, extraño la sensación de creer que había encontrado a un otro con quien compartir mi soledad, mi deseo, mis inquietudes. Lo extraño, y mucho.
El impulso de la bronca podría haberme llevado por caminos conocidos. Encerrarme y angustiarme. Pero esta vez no quise, no podía soportar la idea de volver a ser la pobre ilusa estúpida y solitaria. Y además quería borrar la angustia del cuerpo. La falta. Quería que mi cuerpo deje de recordar el cuerpo de P. Decidí salir al día siguiente con alguien que ya me había invitado varias veces, L. Nos conocimos en un taller literario. Me resultaba atractivo fisicamente, pero si nunca le respondí a sus invitaciones era porque suponía que L. y yo no teníamos mucho en común. Diferentes sintonías, no sabría cómo explicarlo pero estaba en el aire. Y no me equivoqué, pero me sirvió para sacarme por un rato el recuerdo que me torturaba. Ahora había otra historia encima. Como un enchastre. Como si alguien borroneara un cuadro recién terminado. Lo hiciera difuso. Me pasé todo una noche con L. y llegué a disfrutarlo, me dejé llevar por el placer puramente corporal. Sentí que me había hecho bien pero de una forma rara. Sentí que si mi cuerpo necesitaba ese goce tenía como obtenerlo sin agregarle sentimentalismos, sin someterme a la angustia. Sentí una forma efectiva y silenciosa de ignorar a P. Un placebo.
También me decidí a conocer a F. El si me resultaba atractivo en un sentido amplio. Hacía más de un año que había amagado un encuentro y como lo conocía a Martín, al separarme de él, hubo una distancia inevitable. Pero no se dió como yo creía. No pasó nada. No quise que pasara nada. No hubo nerviosismo, no sentí ningún fuego. Lo que sí encontré fue alguien con quien dialogar con absoluta sinceridad, con total soltura. Ciertas coincidencias existenciales. Jugamos al ajedrez y charlamos por horas. El problema es que creo que a él si le pasaron cosas. Y quizá con el tiempo pueda verlo de otra forma, o quiera probar, pero no quiero apresurarme. Prefiero dejarlo ser. Prefiero no armar nada en el aire porque sé que eso termina mal, ahora lo sé mejor que antes. Prefiero tener por separado en dos hombres distintos lo que creí haber encontrado en uno solo que me dejó. Como si esa posibilidad fuera menos peligrosa. No es lo mismo. Es simplemente una anestesia con menos efectos secundarios.
Yo sé que aunque por un rato me recueste y cierre los ojos mientras me dejo abrazar, besar y penetrar por otro hombre al cual puedo llegar a tenerle algún cariño, el fantasma de P. no se borra. Aunque, llegado el caso, tenga que ponerme lorazepam debajo de la lengua porque la angustia existencial me desborda. O en todo caso, aunque sepa que la memoria psicofísica se resetea por un rato, la alegría se compensa como si se tratara de otra pastilla. P. sigue estando ahí, a menos que me enamore realmente de otro. No es lo mismo, ni cercano a lo mismo, pero es mejor que quedarme sola, irremediablemente sola, con mi angustia.
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