No es la primera vez que me pasa. Ultimamente, como mi mente está más libre de neurosis (mi pasado, ya lo conocen), suelo despertarme a la madrugada y hacer relaciones entre lecturas y experiencias personales. ¿Buenas? No sé. En principio preferiría decir que no y que escribirlas es un modo de clarificarlas.
Durante un tiempo -no lejano- y por una incapacidad personal, me puse a leer mucha bibliografía sobre cuestiones de género. Cuando digo incapacidad personal me refiero a que soy incapaz de tener convicción cuando mis argumentos son escuálidos, me da hasta vergüenza profesar convicción. Y lo detesto cuando lo veo en otros, lo combato religiosamente.
Hay, me parece, un gran malentendido, cierto anacronismo, en el feminismo igualitario. Aclaro igualitario porque hay dos feminismos en pugna, el de la diferencia y el igualitario. No voy a defender el libro de Catherine Hakim porque me parece -en gran parte- una sofisticación teórica de altura de Sex & The City. En el sentido de que plantea hacer uso del capital erótico para penetrar y conseguir una mejor posición en el mercado, es basicamente eso, aprovecharse de la demanda real y del mayor deseo sexual existente en el hombre hetero. No hace tanto incapié en lo que a mi si me interesa: las diferencias. Las diferencias en el comportamiento no son meramente culturales. A ver, ¿alguien se atrevería a discutirle a un biólogo que el adn de dos gemelos es idéntico? A esta altura, no. Hay rasgos y predisposiciones. Pero si, existe la épigenetica. La epigenética es la forma de explicar porqué dos gemelos tienen distinta personalidad, más allá de algunas similitudes. Son dos sujetos con experiencias distintas. Para probarlo utilizaron ejemplos de gemelos 100% idénticos del mismo sexo separados al nacer, sin siquiera conocerse entre ellos.
Para no desviarme más lo que intento decir es que me parece absurda esa persistencia -de anclaje posmoderno- que intenta destruir a toda costa cualquier teoría que se sirva de lo biológico para explicar diferencias en el comportamiento de hombres y mujeres. Somos distintos. No sólo por fuera. Nuestros cerebros funcionan de manera distinta, en algún grado. No son meramente condicionamientos culturales.
Además, el feminismo igualitario tiende a reducir todo a una esfera política: las diferencias son producto de las relaciones de poder, patriarcado. No, no son solamente relaciones de poder, hay niveles hormonales que van moldeando nuestro comportamiento, que van moldeando nuestro cerebro en la placenta, que nos hace física y mentalmente diferentes. Que nos permiten perpetuar la especie.
Si superamos este malentendido podríamos tratar de entendernos mejor.
Además, esta triste reducción a un problema en las relaciones de poder deja de lado, empobrece y enfría otro tema que también me interesa: las relaciones amorosas.
El cerebro femenino tiene mayores conexiones en lo relativo al lenguaje. Culturalmente somos más propensas a caer en las garras del discurso amoroso. Lo hacemos consciente. Lo creemos. Pero...extrañamente, así como lo creemos y lo armamos, lo desarmamos rápidamente. ¿Qué intento decir? Que por alguna razón el lenguaje nos convence y a menos que tengamos algún elemento grosero para desconfiar -o no tanto, eso depende de la capacidad intuitiva y de no padecer alguna clase de paranoia- creemos.
En los hombres no es así. Los hombres se sirven del discurso amoroso para la seducción. Pero el amor es algo más visceral. Ni siquiera se sienten cómodos hablando del amor. Son sorprendidos por la existencia del amor. El amor está mucho más ligado al deseo y a lo visual, a la belleza física instintiva -ligada a parámetros de simetría- y los cánones culturales de la belleza física. Y como no lo manejan, porque no es discursivo, le tienen miedo. Y cuando aman, aman en serio. Y cuando ya no aman, no hay nada que los convenza.
Por último, defender a una mujer que ocupa un cargo importante por el sólo hecho de ser mujer cuando la gestión es pésima no es feminismo, es estupidez.
Creer que la llave de la libertad es ser esclava de mantener una figura estilo Barbie, por todo lo que esa figura promete conseguir no es libertad y habla además, de una sociedad enferma.
Por último, defender a una mujer que ocupa un cargo importante por el sólo hecho de ser mujer cuando la gestión es pésima no es feminismo, es estupidez.
Creer que la llave de la libertad es ser esclava de mantener una figura estilo Barbie, por todo lo que esa figura promete conseguir no es libertad y habla además, de una sociedad enferma.
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