Nuestra amistad tiene fecha de inicio: noviembre del 2012.
Mientras fue amistad estuvo bajo un legajo virtual,
un ida y vuelta espaciado, espontáneo,
sin que medien necesidades, sin deseos de voluntad.
Al menos, de mi parte.
Hasta que un día quisiste conocerme.
Di vueltas, muchas vueltas.
"Mirá que yo no muerdo" me escribiste.
Me pregunté porqué. Pregunta estúpida, quizás.
¿Con que Ana imaginaste un encuentro?
Las experiencias y los hábitos fueron criando mi desconfianza.
Después del cine y del bar, empezamos a caminar.
Parecía -por momentos- una amistad vieja.
Me gustaron mucho tus ojos, tu mirada.
Me preguntaste si me podías sorprender. Te dije que sí.
Y después del beso, la obviedad. Ya nada fue igual.
El tiempo empezó a correr, a medirse de otro modo.
Nos vimos dos veces más.
Nos excitábamos demasiado rápido.
Empecé a extrañarte, entre una y otra, a desearte con mucha intensidad.
En mi cabeza construí un Pablo distinto al anterior. No necesariamente uno más real.
Entre un preservativo y otro te reías mucho conmigo
Fue quizá la mejor señal de que era algo que deseaste encontrar.
Yo en cambio adoré tu cuerpo entero, tus silencios,
tu escasez de palabras, siempre lo justo y verte dormir.
Me planteo si inventé algo de más, antes de que te fueras.
Tus vacaciones me parecen interminables.
Me despedí por Mensaje Directo,
fuí cariñosa sin mostrar vulnerabilidad.
No quise saludarte para año nuevo, esperaba que lo hicieras vos.
Aveces dudo y creo que volviste. Las redes permiten la evasión.
Todo lo alimentó un instante,
dijiste algo sobre una relación larga y la nostalgia.
Alguna distancia mínima que se interpuso entre los dos.
Una mala señal es una mala señal, no necesita intérprete.
Dejé tu legajo abierto.
Me pregunto en que quedó lo que hubo,
en que me convertí ahora que no hay un eco ni escucho tu voz.
Tengo un ¡Feliz año nuevo! atravesado sin enviarte.
Una mordida que no quisiste dar.
y también algunas cosas más, pequeños planes que todavía no sé si me conviene mandar.
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