Practicar cacería o pezca supone un arte. El arte de aparentar desinterés. El arte de saber esperar el momento justo. El arte de seducir con algún veneno. El arte de la maldad inoculada con destreza, el disfraz.
Lo único que buscaba era que el pez sintiera que yo no buscaba matarlo, solamente quería tocarlo. Lo mismo con el hamster. Lo mismo con el canario.
Como los gigantes, que son malos hasta que alguien los quiere.
Si practico es cacería instintiva. Lo otro requiere una seguridad que yo no tengo. Requiere conocer a diestra y siniestra los pasos de la histeria, la hipocresía. Hacerlo es casi una humillación para mi. Pero por alguna razón los hombres se acercan, igual. Por alguna razón la humillación no me es ajena y termino sintiéndome como un regalo con moño que nadie esta interesado en abrir. Yo estoy cada vez más desconfiada y ¡oh, la paradoja!: la desconfianza es el motor que a ellos los mueve. Aveces siento que los odio. Aveces pienso que voy a terminar siendo lesbiana. Es estúpido, puro desquite de amores no correspondidos.
Es curioso que los que se quedan, los que siguen intentando seducirme sin salirse, pasan desapercibidos. Como si la huída fuera algo intrínsecamente masculino.
Cada vez percibimos más el tiempo. Cada vez ahorramos más tiempo. Las redes nos convirtieron en un producto autogestionado. Comprás el producto, lo usás, lo gastás en ilusiones, lo idealizás, te "masturbás" de mil maneras. La calentura se enfría y el producto queda ahí, de adorno.
Odio a los hombres que actúan como peces, cada vez los odio más. Y en ese odio que crece lo que no puedo ver es que ir contra algo es estar buscándolo, todo el tiempo.
Es mi culpa creer.
Tener que se puede entre las manos:
un pez que no salte
un hámster que no muerda
un canario que no se agite
un mono que no amase
un hombre que no huya
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