Esto lo escribí hace dos años, casi para la misma fecha. No soy la misma, por suerte. Agradezco haber salido de ese pozo. Lo corregí y lo cambié un poco. Ahora que me gusta más y que no me produce angustia, lo comparto.
I.
Son las cinco de la mañana y yo, como es habitual, disfruto de mi simulacro de soledad. No soportaría vivir sola. Me acostumbré a compartir la cama, casi como algo si o si. Me angustia dormir sola. Si no estuviera Martín estaría otro o Sofía, de nuevo, así y todo grande para dormir con la mamá. Qué se yo, habría perros o gatos, o alguien, estoy segura.
Sin embargo busco mucho aislarme durante el día y quedarme despierta a la noche. Hay días que envidio mucho a los que hacen lo que se les canta. Cuando hay otro siempre hay qué, algo.
Hace casi un año que vivimos los tres juntos en esta casa. Si no fuera porque no consigo un laburo decente fue un año bastante pasable, bah, una parte. Se murió mi tía Marta. Yo le decía Martita, para mi era Martita. Creo, fué lo mejor que podía pasarle, pero es una frase muy estúpida y arrogante. Digo, incluso con ganas de morir uno espera algo, algo que no siempre llega. Uno espera.
Ella si que vivía sola, completamente. Me cuesta mucho imaginarme cómo hace alguien para soportar tanta soledad. No la visitaba nadie porque vivía lejos y estaba medio loca, sin saber bien que es la locura, pero también no estaba loca y tenía momentos de lucidez.
Ya no tenía un marido, la dejó cuando yo era chica. La dejó. Se fué con otra porque decía que no la soportaba más, que Marta estaba loca.
Nunca tuvo hijos, no sé si no pudo o no quiso. No sé si la locura la llevó a la soledad o la soledad a la locura. Tengo algunos recuerdos lindos de ella, de la infancia. Dibujaba muy bien y le gustaba mucho, pero se dedicaba a hacer zapatos de cuero para poder sobrevivir, con mucho empeño, como si en ellos dibujara lo que no le era permitido dibujar en un papel. Tenía una gran máquina de coser, ruidosa, vieja y muy grande.
Siempre andaba con una taza de té, bien oscuro y con mucho limón. De chica me imaginaba que eso le teñía el cabello porque tenía un color de pelo colorado-anaranjado muy intenso. Su cabeza era la copa de un árbol rojizo. Eso la hacía especial, rara.
No tenía plata para hacerme regalos como mi otra tía, pero venía a mi cumpleaños con una sonrisa gigante y me esperaba con los brazos bien abiertos ni bien le abrían la puerta de casa. Yo sé que me quería mucho, más allá de que me lo dijera de vez en cuando. Si yo estaba mal trataba de entederme a mí, sin importar si estaba bien o mal lo que yo había hecho.
Las peleas terribles con mi viejo, mi enfermedad adolescente, y quizá los roces con mi vieja la distanciaron. Pero no estoy segura de que su distancia fuera por eso, aveces pienso que son excusas para los demás. La última vez que la ví, cuando fue el cumple de Sofía; estaba bien. Creí verla bien, igual que siempre, con ese hermetismo que abría una incógnita. Me extrañó que pasara tanto tiempo sin venir de visita. No llegó a conocer mi casa, esta casa, que tampoco es mi casa porque tiene fecha de vencimiento, pero uno la llama "mi casa" para no pensar en lo precario que es todo.
Como tuvo antes períodos de estar incomunicada o perdida, nadie supuso que estaba enferma. Llegué a despedirme de ella por confiar en mi intuición, pura intuición.
Era la madrugada del lunes. Martín y yo estábamos viendo una película. Sonó el celular a horas en las que nadie llama a no ser por algo importante, realmente importante. Era mi vieja. Me dice que un señor llamó a la casa de mi otra tía para avisarle que la señora Marta estaba internada en un hospital de Ciudadela y que necesitaba que le lleven ropa y algunas otras cosas. Según mi mamá, que llamó inmediatamente al hospital para confirmar lo dicho, le dijeron que no había ninguna paciente con ese nombre. Mi otra tía, la hermana de mi mamá, le dijo al señor que no llamara más porque en el hospital decían que no había ninguna Marta. Algo no me cerraba. Algo me molestaba. Algo me decía que en la puta ignorancia se escondía la quietud y la comodidad. Decidí, con cierta impulsividad, llamar yo misma al señor y le pedí explicaciones. Mientras me explicaba me sentí casi obligada a creerle. No sé porqué. Quizá fue la sencillez, o la informalidad, o el desinterés o la precariedad del lenguaje, o todo eso junto, pero me hicieron dar por hecho que no me estaba mintiendo. Esa noche casi no pude dormir. Pensaba en Marta, en sus silencios, sus misterios, su distancia. Me fuí a primera hora del día siguiente al hospital. Pregunté por Marta en la guardia y esperé. Esperé mientras el calor invadía la sala y la gente se atosigaba en la puerta vaivén de la sala de guardia, como bichos frente a la luz, impacientes, ansiosos, compulsivos, aparentemente irracionales. Cada uno esperando algo; ser atendido, ser llamado, esperando una noticia de vida o una de muerte, siempre en algún punto inexplicable, más allá de la teórica certeza de los médicos y su séquito de enfermeros. La puerta, protegida por un guardia de seguridad con cierta contradicción de estar defendiendo no saber bien qué, si la muerte o el derecho a la vida, si a los médicos o a los pacientes.
Me dejaron pasar y cuando la ví, temblé, caminé con dificultad, sin querer dar los pasos hacia delante. Se me hizo un nudo en la garganta. Me llené de bronca, hacia mi, hacia la teórica familia que representábamos.
Estaba delgadísima, tenía que hacer fuerza para hablar, los labios secos, un olor nauseabundo, una mezcla de desinfectante y podredumbre, y una cofia llena de sangre semi-seca en la cabeza. Le habían extirpado parte de un tumor en el cuello. Cuando me miró -llorosa y con congoja- me agarró fuerte del brazo y se puso mi mano en el pecho.
-Menos mal que viniste, Ani. Creo que me voy, me estoy yendo.
Me contestó con una voz casi imperceptible y aguda.
Se me caían las lágrimas y le acaricié la cara.
Reconocí en su cara la misma mirada que mi viejo, como si se le hubiera metido en el cuerpo para saber de mí. No pude decirle nada porque sabía que tenía razón. La muerte estaba ahí, esperando. Es difícil de explicar pero se ve y ellos lo saben, todos lo sabemos.
El viernes vuelvo a ir y no me pude quedar porque estaban resucitando a un hombre, que finalmente no sé si fue resucitado o no, pero me asombré de la monstruosidad con la que los médicos se toman la muerte con tanta naturalidad.
El sábado fué mi vieja y ya estaba encaminada, con Dormicum en el suero. La droga, con esa especificidad etimológica falsa, no es más que la sentencia de que la cama está prestada para la muerte.
El domingo quise ir y no se qué me lo impidió. Esperé a que me avisaran esa noche, pero no. Sabía que se iba a morir sin mi.
Fuí el lunes con mi vieja y ya estaba en la morgue. Me despedí de un cuerpo frío, quieto, y de nuevo, la imagen de mi viejo, la repetición de la muerte.
II
Tengo que armar el arbolito. Sofía me rompe las pelotas, porque la verdad es que no tengo ganas de armar el arbolito. No tengo esperanzas. Esas que uno suele tener y que lo llevan a la repetición del rito. Traté de juntar fuerzas. Traté, pero no como en otros años.
Me enamoré de muchos hombres a la vez, busqué otros hombres. Cosa extraña en mí, y me siento cada vez menos enamorada del que convive conmigo, casi que me arrepiento. Lo siento como un error.
Aprendí ajedrez, me fasciné con el ajedrez, y viví en carne propia lo que es pasar por un hospital público del conurbano bonaerense sin tener obra social. Ese es mi resumen.
Pensé en mis vecinas de arriba. Pensé en mis vecinas para complacerme de que mis tragedias son parecidas, o no, pero para tener algún resguardo estúpido.
A todo esto me suena el celular: promociones para las fiestas.
El arbolito, el arbolito...otra vez.
-¡Ma, arma el arbolito, dale!
-Qué hay para comer? ¿Tengo planchadas las camisas? ¿Fuiste a terapia? ¿Llevaste a Sofía al jardín?
-¡MartiiiiiiiiÍn! ¿Que me vieron, cara de idiota ustedes? ¿Por qué carajo dejan la basura arriba de la mesada, de la cama, del escritorio? ¿No saben que en la cocina hay un tacho de basura?
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